Naora. Tu tierra soy yo

Publicado en Jueves, 18 Febrero 2016, Visitas: 11274

Autor

Yamima

Sinopsis

Naora, una hechicera de las provincias orientales, llega por error a las tierras de un jefe bárbaro.

Vadyn de Kaard representa todo lo que ella detesta, y él no puede imaginar una mujer que encaje menos con su ideal femenino.

Pero, mientras la guerra amenaza a sus respectivos reinos, los traicioneros lazos del destino parecen empeñarse en unir a una pareja que no puede permanecer junta.

© Yamima. Novela inscrita en el Registro de la propiedad intelectual. Todos los derechos reservados.

 

Naora. Tu tierra soy yo

Yamima


 

I
La luz se filtraba con timidez por entre las ramas, y el paso tranquilo de los caballos apenas hacía crujir el manto de hojas cobrizas que cubría el suelo del bosque. Tres jinetes, ataviados con ropas oscuras y embozados bajo sus capas, trotaban en fila: el primero, más corpulento (aun sin serlo demasiado) que los otros dos, portaba un arco y un carcaj a la espalda; el más menudo cabalgaba entre sus compañeros, con la cabeza gacha; el último, el que parecía más alto, barría los alrededores con la vista, y se revolvía inquieto sobre el animal. Montaban sin silla ni estribos, pero con las riendas bien sujetas.

A poca distancia, sobre una loma cercana, y bien ocultos por la maleza que tapizaba la tierra, el general Ulter y una docena de guerreros a caballo vigilaban la marcha de los jinetes que avanzaban, sin prisa ni cautela, por uno de los senderos periféricos que cruzaban las tierras de Kaard como una fea cicatriz. Era uno de aquellos caminos que los campesinos trataban de evitar a toda costa por la proliferación de forajidos; los hombres del clan batían con denuedo la zona para limpiarla, pero los bandidos aparecían siempre como una enfermedad mal curada.
El viento arreció y los viajeros se arrebujaron más en sus capas. El general olisqueó el aire como un perro y notó en los huesos el avance implacable del invierno.
—¿Qué hacemos? —preguntó uno de los hombres que tenía a sus espaldas.
Ulter vaciló; una violenta ráfaga enmarañó sus rubios cabellos, y él entornó sus ojos claros. El paso de tres forasteros no le inquietaba lo más mínimo, y por su forma de avanzar parecían más perdidos que otra cosa.
—Vamos a seguirles con disimulo —dijo por fin—. Si siguen en esa dirección pronto abandonarán nuestras tierras y lo que les pase dejará de ser asunto nuestro.

El sendero se quebró en un claro del bosque. Un rayo de luz que se coló por entre las copas de los árboles iluminó el perfil afilado de Keinn, que abría la marcha, haciendo brillar sus ojos dorados. El viento agitó su capa y un mechón de pelo oscuro se pegó a su rostro como el lametazo de un perro. Los caballos piafaron, inquietos, y comenzaron a pisotear la dura tierra, advirtiendo un peligro que no sabían ubicar.
Kaone, el tercer jinete, se acercó hasta Keinn, aprovechando el parón para estirar los músculos, y le dio un buen manotazo en el hombro.
—Confiésalo de una vez, Keinn. Nos hemos perdido y no tienes ni idea de dónde estamos.
Keinn se frotó el cuello y soltó una risotada.
—No lo entiendo. El camino a Allacian parece haber cambiado de sitio desde la última vez.
El otro jinete observó a los dos alternativamente, y refunfuñó bajo la máscara que le cubría el rostro.
—Ha sido su culpa, Naora —gruñó Kaone—. Bueno, y mía en cierto modo, por hacerle caso. Pero que quede claro, él insistió en que conocía la ruta.
Naora elevó la vista hacia lo alto, pero el cielo apenas sí se distinguía bajo los frondosos abedules que poblaban el bosque. El ocaso estaba próximo; la tarde moribunda iba tiñendo las nubes de un hermoso tono púrpura.
—¿No tenemos ningún mapa?
Keinn y Kaone se encogieron de hombros.
—No —contestaron al unísono.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Continuamos o damos media vuelta?
Keinn resopló, indeciso, antes de mirar sobre su hombro.
—Creo que nos están siguiendo —susurró, sin variar la expresión del rostro.
Naora se estremeció. Hacía rato que había percibido un aura maligna detrás de ella, aunque había intentado convencerse a mí misma de que se trataba de su propia imaginación.
—Yo también lo he sentido —dijo por fin.
Pronto los ahogaría la oscuridad. Aquello podía ser una ventaja o todo lo contrario, dependiendo de quiénes fueran sus perseguidores. El aire trajo consigo un olor agrio, penetrante, que les hizo arrugar la nariz. Kaone se acercó a Naora, y el calor que desprendía su cuerpo pareció reconfortarla un poco.
—Yo digo que nos vayamos.
—Y yo digo que nos entreguéis vuestro oro, y recéis para que os dejemos con vida —respondió una voz áspera que surgió desde la nada.
Los tres se giraron hacia el lugar del que provenía la voz, desenvainando las espadas. Varios hombres grandes como montañas surgieron de la espesura armados con cuchillos largos.
—Seguid vuestro camino y dejadnos tranquilos —dijo Kaone con la voz más gélida que encontró.

Los hombres de Ulter se agitaron al ver a los bandidos, pero el general permaneció impasible. Se limitó a reclinarse sobre el cuello del caballo para observar mejor la escena. Era un grupo de rufianes, media docena o tal vez alguno más; era difícil de apreciar desde la distancia.
—Y ahora, general, ¿intervenimos? —volvió a preguntar el mismo guerrero de antes.
Ulter lo miró por entre las pestañas. Era un soldado joven, quizás ansioso por demostrar lo valiente que era.
Resopló. Aquellos cachorros siempre resultaban un fastidio.

Los bandidos se miraron unos a otros, desconcertados ante la inesperada muestra de valor. Después de unos instantes de absoluta quietud, sin embargo, el que parecía el jefe aulló como una mala bestia y los suyos se lanzaron a por los jinetes, como carroñeros que acaban de encontrar un cadáver bien gordo ante ellos.
Keinn y Kaone se adelantaron para proteger a Naora. Desde el caballo, y luchando con espadas, contaban con una tibia ventaja.
Siempre que no les hicieran desmontar.

Ulter gruñó; la noche engullía el paisaje a velocidad de vértigo y sabía que iba a perderse la batalla. Hubiera jurado que los jinetes mantenían una precaria formación de defensa, lo que no es fácil cuando uno se enfrenta a un hatajo de malparidos sin honor. El jinete menudo había retrocedido por detrás de sus compañeros, pero no parecía asustado; al contrario, sostenía un mandoble sobre su cabeza que debía pesar tanto como él sin doblar los brazos. Ulter vislumbró el resplandor azulado de la hoja y se preguntó cómo podía un tipo tan canijo sujetar un arma tan descomunal. Si alcanzaba a alguien de refilón, sería raro que no lo decapitara.
—Nunca había visto ese estilo de lucha —comentó, intrigado, uno de sus hombres.
—Tampoco yo —convino el general.
Se defendían bien para hallarse en una inferioridad numérica tan clara, y atacaban todavía mejor: un par de bandidos se agarraban las tripas con las manos dando alaridos. Era de suponer que les habían hecho un buen agujero.
—Vaya, han tirado a uno... Y el otro está a punto de irse al suelo.
Dos de los bandidos rodearon a Keinn y empezaron a propinarle patadas.
—Muy propio de esa gentuza. No saben lo que es el honor.
—No —dijo Ulter—. Aunque probablemente saben lo que es el hambre y la desesperación.

Naora distinguió de refilón unas siluetas recortadas contra los rayos postreros del sol. Hombres que parecían montañas, a caballo o tal vez acompañados de lobos, o perros grandes. Inmóviles. Acaso observaban, o simplemente ocurría que estaban descansando en la zona y no les habían oído.
No había tiempo, en cualquier caso, para preocuparse por ellos.
Una sombra atacó a Kaone por la espalda cuando trataba de llegar hasta ella. La empuñadura de la espada se deslizó torpemente de entre sus dedos, y alguien le asestó una patada en la mandíbula que le dejó atontado. Extendió la mano en dirección a Naora moviendo los dedos, y de pronto, todo fue oscuridad para él.
Keinn retrocedía evitando las cuchilladas de otros dos hombres, y Naora sintió unos dedazos que le apretaron el cuello; manoteó con desesperación intentando quitárselo de encima. En el forcejeo, la máscara salió despedida y la capa resbaló de sus hombros. Una espesa melena de color rosáceo quedó suspendida en el aire durante algunos segundos.
—¡Es una mujer! —gritó alguien con asombro.
Se escucharon varias carcajadas feroces. De pronto, Keinn y Kaone habían perdido todo interés, y varias siluetas se aproximaron a la joven, que imaginó sus dientes renegridos y la lascivia brillando en sus ojos de cerdo. A pocas zancadas de distancia, Kaone luchaba por incorporarse, sacudiendo la cabeza.
"Ayúdame, Kaone", pensó Naora. "Necesito ayuda".
Haciendo un terrible esfuerzo, mordiéndose la cara interior de la mejilla para que el dolor le impidiera sucumbir, Kaone extendió la mano en dirección a ella, meneando los dedos al tiempo que susurraba unas palabras. Entonces, la tierra osciló como si alguien estirara un trozo de tela, levantando remolinos de hojas secas. Los hombres agitaron los brazos en el aire, intentando mantener el equilibrio. Naora trató de huir.
—¡Estate quieta, zorra! —ladró alguien a su espalda.

—¡Es una mujer!
—¡Vamos! —ordenó en ese momento Ulter.
Los soldados se pusieron en marcha como si fueran un solo hombre, y el ruido de los cascos rebotó en la tierra como el tañido de un tambor. El general apretó el paso, haciendo un gesto al guerrero que cabalgaba junto a él para que preparase el arco. La cuerda emitió un quejido al tensarse, y el soldado se detuvo para buscar un disparo cómodo.

Naora gruñó cuando una bota enorme se alzó a pocos centímetros de su rostro. Casi esperaba oír el sonido de sus propios huesos al quebrarse. Pero apenas dos segundos después, todo lo que oyó fue un zumbido seco. Una flecha atravesó el aire, clavándose en un tronco cercano, y se quedó vibrando. El tiempo pareció detenerse para todos. Una potente voz se alzó desde las profundidades del bosque, mientras los contornos desdibujados de varios hombres a caballo asomaban entre los abedules.
—Entregad las armas. Soy el general Ulter. Estas son tierras de Vadyn de Kaard. Entregad las armas —repitió, en tono glacial— y, por esta vez, permitiré que conservéis la vida.
Los bandidos inclinaron la cabeza en actitud sumisa antes de arrojar las armas al suelo. Solo su jefe, fanfarrón y desafiante, jugueteó unos instantes con el cuchillo sosteniéndole la mirada al general, sopesando si debía o no rendirse. El soldado volvió a apuntar con su arco; la cuerda produjo un sonido ronco. El general avanzó un paso.
—Está bien, está bien... Me rindo —dijo el bandido, lanzando el cuchillo con fuerza a los pies del general.
La hoja se clavó en la tierra, arrancando al general una sonrisa desdeñosa.
—Marchaos de aquí. Si vuelvo a encontrarme con vosotros, os cortaré el cuello uno a uno.
—Cómo no, señor... Ya nos vamos. Dadle recuerdos a vuestro primo, el jefe Vadyn, ¿de acuerdo? Hemos oído que no se encuentra muy bien últimamente.
Ulter apretó los dientes mientras observaba cómo se alejaban. Keinn llegó hasta la mujer y le tendió una mano gentil para ayudarla a ponerse en pie. Kaone se incorporó poco a poco, meneando la cabeza para sacudirse el dolor que le penetraba la sien.
—¿Habláis mi lengua? ¿Estáis bien? —preguntó el general, clavando la vista en mí.
—Hablamos vuestra lengua, señor. Estamos algo magullados pero bien. Gracias, general —contestó Keinn, al tiempo que comprobaba que los huesos de su cara seguían intactos.
Naora se apresuró a embozarse bajo la capa y la máscara, ocultando el rostro. Recordaba las órdenes tajantes de Atori acerca de mostrarme ante los bárbaros, pero aunque no lo hubiera hecho, la mera visión del general Ulter, alto como un titán y de fiero aspecto, hubiera bastado. Era un hombre apuesto a su manera, de cabellos dorados, mandíbula cuadrada, piel de bronce y expresión dura. Todo en él, de hecho, parecía duro: nunca había visto semejante cantidad de músculo en una sola persona. Sus soldados, en cualquier caso, no eran mucho más finos. Todos vestían cómodas ropas de piel, botas y largas capas de piel de zorro sujetas con fíbulas metálicas; el general, además, llevaba brazales de cuero y un extraño casco puntiagudo con emblemas grabados.
—¿Qué hacéis por estas tierras?
Keinn y Kaone cruzaron una mirada antes de contestar.
—Nos hemos perdido.
—¿Ah, sí? —Ulter enarcó una ceja—. Y ¿adónde pretendíais ir, entonces?
—Al reino de Allacian.
Ulter estudió sus rostros, incrédulo. Un cuervo graznó en la lejanía, rompiendo el incómodo silencio.
—Está cayendo la noche —dijo por fin—. Os ruego que aceptéis nuestra hospitalidad hasta mañana. Estas sendas son peligrosas, y en la oscuridad es más difícil orientarse.
—Sois muy amable, general. Aceptaremos vuestro ofrecimiento. Mi nombre es Keinn, y mi compañero se llama Kaone.
Hicieron una profunda reverencia. El general frunció el ceño.
—Y ella, ¿cómo se llama?
Kaone esbozó media sonrisa, y contestó con frialdad,
—Su nombre no es de vuestra incumbencia, general.
Ulter se encogió de hombros, e hizo una señal con la mano para indicar el camino.
—Es por aquí.

II
Los bárbaros del norte ocupaban una zona muy amplia del continente, casi tan grande como el reino de Allacian, pero no tenían nada parecido a un rey que controlara el territorio. Los clanes se organizaban en torno a los jefes más poderosos del momento, y por aquel entonces, pocos gozaban del poder y el respeto que concitaba Vadyn de Kaard. La fortaleza que albergaba su castillo se recortaba sobre los acantilados, y desde allí ejercía su mando el implacable jefe Vadyn.
Labrado en roca negra, con torres retorcidas que se alzaban como garras contra el cielo, el castillo en sí resultaba amenazador. Los forasteros contemplaron las murallas, sólidas y bien plantadas, de una zancada de grosor, obscenamente altas. La edificación decía mucho del carácter de los bárbaros: duros, altivos y siempre peleando entre sí. Naora arrugó la nariz: no tenían nada que ver con su propio pueblo, que levantaba hermosos palacetes de mármol blanco rodeados de estanques y jardines por el puro placer de vivir rodeados de belleza.
El portón del castillo se cerró con un quejido. La mujer alzó la vista para comprobar que toda la arquitectura interior era de color negro. Las losetas del suelo, los sillares de los muros y los techos abovedados. Algunos tapices y gruesas alfombras de colores oscuros trataban de imprimir cierta calidez, sin mucho resultado. El general Ulter hizo un gesto a un siervo de rostro avinagrado que se acercó mirando al suelo.
—Tenemos huéspedes para esta noche. Alójalos en las habitaciones del Lobo Aullador.
Después, volviéndose hacia nosotros, añadió en tono burlón,
—Me temo que no podremos ofrecer una cena a la altura de nuestros invitados, pero los ánimos andan un tanto apagados últimamente. Ordenaré que os sirvan en vuestros aposentos.
Naora paseó la vista con discreción a su alrededor. No se oía ni un murmullo; los criados iban y venían en apariencia atareados, sin hacer ruido. No se escuchaban retazos de conversaciones, ni se veía sonreír a nadie. Una incómoda atmósfera de temor y desesperanza cubría la vida del castillo con una fina pátina que lo impregnaba todo, y a todos. Notó el primero de una serie de escalofríos que le hicieron estremecer. ¿Qué terrible desgracia les afligía allí?
—Seguidme, por favor.
El siervo subió la escalinata y les condujo por los lóbregos corredores del ala occidental, sin decir una palabra.
—La verdad es que se respira un ambiente de lo más acogedor —gruñó Kaone.
—Aquí pasa algo raro —replicó Keinn, meneando la cabeza—. Una cosa es que sean bárbaros, y otra que parezcan cadáveres vivientes.
Naora dejó escapar una risilla a su pesar. El criado se volvió hacia ella y la joven se mordió el labio para evitar reírse de nuevo. No quería sonar irreverente.
—No parecen cadáveres —dijo en un susurro—. Pero tienes razón, pasa algo raro. Huele a enfermedad, a muerte.
Keinn sintió un escalofrío.
—No serán caníbales, ¿verdad?
—Lo dudo. Si lo fueran, nos habrían recibido con los brazos abiertos, ¿no crees?
Keinn resopló. El siervo se detuvo frente a una enorme puerta labrada y dijo en tono apenas audible,
—Aquí se alojarán los señores.
Hicieron una reverencia, dándole las gracias. Estaban a punto de entrar, cuando se oyeron los pasos precipitados del general rebotando contra las frías paredes de piedra.
—Disculpad, señora. Vos podéis utilizar esta otra cámara de aquí —Ulter indicó una puerta más discreta, algo alejada.
—No hay problema, puede compartir la habitación con nosotros —dijo Kaone.
El general vaciló.
—Las habitaciones están comunicadas por un pasillo interior. Preferiría que aceptarais nuestras normas.
—Está bien, dormiré ahí, entonces —dijo Naora, haciendo un gesto con la mano a sus compañeros.
No percibía ningún aura amenazante próxima, y además acababa de recordar otra de las órdenes de Atori: pasar desapercibidos para no despertar sospechas.
—¿Estás segura? —preguntó Kaone, frunciendo el ceño.
Ella sintió y se dirigió con curiosidad a la habitación que señalaba el general.
No es que fuera muy femenina.
Se trataba de una pieza doble, compuesta por una antecámara poco amueblada (apenas un arcón de madera labrada, una mesita de hueso y un par de butacones de cuero) y una acogedora alcoba, con una gran cama con dosel dominando la estancia. Le extrañó el detalle del dosel en una comunidad de bárbaros. Tal vez lo habían importado de alguna embajada.
El general esperó en la puerta a recibir su aprobación.
—Gracias por su amabilidad —susurró Naora.
Él se limitó a inclinar la barbilla en señal de despedida, y se dio la vuelta con aire marcial para desaparecer engullido por las sombras que poblaban el corredor. La joven dudó unos segundos, por si Keinn o Kaone aparecían de repente, cosa que no hicieron, y decidió salir tras él.
—General... —llamó, con la voz apagada.
Ulter se detuvo, extrañado, y se volvió sobre su hombro para interrogarla con la mirada.
—General, ¿puedo hablar con vos un momento?

El salón al que la condujo el general (con bastante reticencia por su parte) era tan lóbrego y silencioso como el resto del castillo. Quizá él se dio cuenta de lo incómodo que resultaba, pues se acercó a la chimenea para avivar el fuego; la cálida luz anaranjada de las llamas inundó de pronto la estancia y ella se sintió algo más viva. Ulter ordenó a un siervo que le trajera vino caliente y algo de comer. Esperó a que le sirvieran, y entonces deslizó su mirada sobre la joven, con expresión cansada y a la vez inquisitiva.
Naora dejó escapar un prolongado suspiro y tras unos segundos, se deshizo de la capa, la dobló por la mitad, y permitió que el general estudiara su rostro. El misterio puede ser útil en ocasiones, pero le parecía descortés mantenerse oculta ante el hombre que les había salvado la vida y brindado su hospitalidad.
El general tragó saliva al verla; tal vez esperaba encontrarse con un rostro desfigurado dado el interés que sus amigos tenían en ocultarla. Reparó en sus ojos, oblicuos y de un intenso color azul; en la afilada nariz adornada con un aro de plata y en sus labios violetas; en la melena rosada, recogida en finas trenzas a la manera de los Jinetes Esteparios. Lo más probable era que nunca se hubiera topado con un Jinete Estepario, y su peinado le resultó de lo más exótico.
Permanecieron un buen rato sin decirse nada con palabras, aunque sí hablaban sus ojos. Naora pudo ver que sentía una enorme curiosidad por ella, y seguramente él intuyó en su expresión el respeto, si no temor, que le producía su musculado cuerpo.
—Si se me permite decirlo, me parece poco el interés que mostráis en nosotros —dijo la muchacha por fin, por romper el silencio.
—Solo permaneceréis esta noche en el castillo —respondió, encogiéndose de hombros—. Y no parecéis especialmente amenazadores, visto lo visto.
Incrédula, levantó una ceja.
—¿Visto lo visto? ¿Esperabais acaso que hubiéramos masacrado a nuestros oponentes?
—Me hubiera resultado toda una sorpresa, ya que lo preguntáis —esbozó media sonrisa, como si acabara de escuchar un chiste divertido—. Considero muy insensato cruzar las tierras del norte sin escolta.
—Kaone y Keinn son mi escolta.
—Una escolta bien reducida...
—De momento, ha sido suficiente.
El general hizo un gesto de aburrimiento y estiró los brazos para desentumecerse.
—Como queráis. No es mi costumbre enredarme en batallas dialécticas. ¿Tenéis algo en concreto que pedirme, señora?
—Me llamo Naora —dijo ella, simulando una mínima reverencia—. Solo quería preguntaros el motivo de que el castillo esté sumido en la angustia.
Ulter se puso de pie; la tensión en los hombros y la postura desafiante revelaban a todas luces su nerviosismo. El general tenía miedo de algo.
—No es nuestra intención causar ninguna molestia —explicó la joven con cautela—. Aunque quizá esté en mi mano devolveros el favor que nos habéis hecho antes. Digamos que tengo... un don especial para la medicina. Y me doy cuenta de que hay alguien terriblemente enfermo en el castillo.
Ulter abrió la boca para contestar, pero pareció pensárselo mejor y cruzó los fornidos brazos delante del pecho. Luego suspiró; su cuerpo se dio por vencido relajándose de golpe y asintió con aire distraído antes de contestar.
—¿Es eso cierto? Me gustaría tanto creeros... Con desesperación. —El pesar teñía las palabras de Ulter, y Naora se estremeció al contemplar a un hombre tan poderoso y a la vez tan vulnerable—. El jefe Vadyn está muriéndose.
—¿Qué le ocurre?
Ni su voz ni su rostro transmitían emoción alguna. En el lugar del que provenía, a nadie le gustaba mostrar en público sus sentimientos: era algo que ofendía a los demás y les colocaba en una posición de intolerable fragilidad.
—Hace una semana tuvimos un enfrentamiento con unos bandidos. Le hirieron en un costado y la herida se infectó.
—¿Tiene fiebre?
El general se pasó una mano por el pelo y se acercó a la chimenea para remover las ascuas, que morían con pereza. Fijó sus ojos en las brasas y desenfocó la vista. Tardó tanto en responder que Naora creyó que no la había oído.
—¿Queréis verlo? —dijo él al cabo de unos segundos.
—Tal vez pueda ser de ayuda.
El general pareció sopesar su ofrecimiento unos segundos más, aunque, tal y como había reconocido momentos antes, nadie albergaba ya esperanzas respecto a la recuperación del jefe. Lo peor que podía ocurrir era que la intervención de la forastera acelerara su muerte.
Resopló, encogiéndose de hombros, e hizo un movimiento con la cabeza indicando la puerta.
—Por suerte o por desgracia, no perdemos nada al probar... —dijo con resignación.

Las habitaciones del jefe Vadyn estaban en la parte más alejada del castillo. Ya en piso inferior pudo percibir Naora el pútrido olor de la enfermedad que se adhería a las paredes, al suelo, al mismo aire que respiraban. Nadie, sin embargo, parecía darse cuenta excepto ella. Tuvo que resistir el impulso de taparse la nariz para no ofender al general.
—Es aquí...
La pesada puerta de madera tallada se quejó al abrirse, dejando escapar un agudo chirrido, y una vieja criada que guardaba al jefe se levantó con presteza al ver entrar a Ulter. El general le hizo un gesto para que se marchara, y la mujer se apresuró a salir, no sin antes lanzar a la forastera una mirada enfurruñada. Por precaución, había vuelto a ocultar su rostro bajo la máscara.
A pesar del fuego que lamía el interior desde la chimenea, la habitación estaba helada. La respiración de ambos formaba pequeñas nubes de vaho, y el general se entretuvo mirando las volutas mientras Naora examinaba al doliente jefe Vadyn.
El jefe yacía desnudo en su cama, apenas cubierto por una manta de piel, con la frente perlada de sudor, y jadeando, más que respirando, con evidente dificultad. Dormía, o, al menos, permanecía con los ojos cerrados; un gesto de profundo dolor le desfiguraba el rostro. Naora no pudo evitar deslizar la vista a lo largo del hombre que agonizaba ante ella, impresionada. Incluso en su lastimera situación, el jefe Vadyn era un hombre imponente. Más aún, incluso, que el general Ulter. Una maraña de cabellos negros se enredaba sobre su frente, desparramándose a ambos lados del duro rostro. Bajo la descuidada barba de varios días, se adivinaba una profunda cicatriz que recorría su mandíbula cuadrada y ascendía hasta la altura del pómulo derecho; otras cicatrices, más pequeñas, salpicaban sus facciones de dios antiguo. La nariz, quebrada por algún golpe, se desviaba hacia el lado izquierdo. Los potentes brazos reposaban de forma desmadejada a lo largo del musculoso cuerpo; intrincados tatuajes recorrían la piel del torso, ahora más bien pálida por la enfermedad, pero que ella supuso del color del bronce.
La avergonzó sentirse cohibida por la simple visión de un hombre. Sin embargo, el jefe Vadyn parecía más un portento de la naturaleza que un hombre corriente.
—¿Podréis ayudarlo? —preguntó Ulter, sin atreverse a esperar demasiado.
Si le divertía su azoramiento, el general supo disimularlo a la perfección. Naora inspiró hondo para recuperar la confianza en sí misma, y tuvo que formular una extraña petición.
—Necesito que me traigáis un poco de tierra, para esparcirla por el suelo.
El general la miró por entre las pestañas, y ella supo lo que rondaba por su bárbara cabeza.
"¿Tierra? ¿Será una chiflada?"
Naora no añadió nada más, y Ulter terminó por aceptar a regañadientes.
—Está bien, está bien. Ahora mismo la traigo.

Apoyándose contra la pared, la mujer se sacó las botas a tirones y las lanzó con descuido hacia la puerta; luego extendió con mimo la tierra que había traído Ulter, colocando los pies desnudos sobre ella. Posó con suavidad las manos sobre el formidable pecho del jefe, y echó la cabeza ligeramente hacia atrás, iniciando un suave cántico. Desde un rincón, el general observaba en silencio la escena, con una extraña sensación en el estómago.
"¿Magia?", parecía preguntarse. "¿Será posible?"
El general recordaba los cuentos que los juglares cantaban cuando era niño, sobre misteriosos hechiceros que habitaban las provincias más orientales del continente: islas envueltas en bruma, a las que sólo podían navegar quienes ya las hubieran visitado con anterioridad. Leyendas que hablaban de poderosos conjuros de fuego y sangre, criaturas espeluznantes y seres demoniacos...
Lo más probable era que el general nunca hubiera creído aquellas historias. Pero se irguió como si le hubiesen azotado y juró por todos los dioses que conocía cuando la muchacha entró en trance y su cuerpo a emitir un fulgor dorado cada vez más intenso. El cuerpo del jefe Vadyn comenzó a brillar a su vez. Quiso acercarse a mirar, pero de pronto sus piernas pesaban demasiado, y sus brazos tiraban de él hacia abajo como si cargaran piedras, y la cabeza le daba vueltas... y vueltas... y más vueltas...
Naora empezó a sudar a mares, y trataba de no perder la concentración a pesar de que había oído un sonido muy lejano: algo le dijo que el general se había desplomado. La enfermedad corrompía por completo el cuerpo de Vadyn, y le estaba resultando agotador absorber todo el mal para devolverlo a la poca tierra que sus pies pisaban. Aun así, presentía que era ella quien estaba ganando la batalla.
De repente hacía mucho calor en la sala. La humedad se condensaba sobre los muros desnudos de piedra, formando minúsculas gotitas. Varios mechones rosáceos colgaban mojados y pringosos desde su frente y se adherían a la piel de Vadyn. La joven sintió cómo se le inflamaban las manos; veía las venas obscenamente hinchadas bombeando sangre enferma por los pálidos brazos, para conducirla a través de su cuerpo y purificarla con la magia...
No había forma de saber cuánto tiempo había transcurrido. Ulter abrió los ojos con infinita pereza, y tardó un rato en recordar lo que ocurría. Naora siguió canturreando con las manos sobre el pecho de Vadyn, pero las piernas la sostenían a duras penas. Sin hacer ruido, Ulter consiguió acercarse hasta ella y observó el rostro del jefe. El rictus anterior había desaparecido, y había dejado de sudar. La respiración volvía a sonar normal, y el desagradable olor que emanaba de la herida había desaparecido por completo. Se frotó la cara, como si temiera seguir dormido, y sacudió la cabeza.
—Magia... —susurró, entre aliviado y aterrorizado—. ¡Habéis salvado al jefe con vuestra magia!
La joven levantó la vista hacia él, estremeciéndome presa de un dolor agudo. Ulter apenas sí tuvo tiempo de sujetarla antes de que se desplomara.
—¿Estáis bien? —preguntó con aprensión.
—Necesito descansar... —acertó a decir con un gemido—. Sobre la tierra, por favor.
Ulter la depositó con cuidado en el suelo, asustado al observar los ojos enrojecidos, casi invisibles de tan hinchados, rodeados de unas profundas ojeras grises. Naora no pesaba nada.
El general se acercó entonces hasta Vadyn, posando la mano sobre su frente, y comprobó lo que ya imaginaba: ni rastro de fiebre. Incluso la herida parecía haber cicatrizado por completo. De no haber sido por el miedo visceral que se había apoderado de él, hubiera dado saltos de alegría. El jefe Vadyn sobreviviría, el clan estaba a salvo, y los planes sobre el futuro no cambiarían. Se obligó a tranquilizarse. Todo iba a salir bien. Se sentó en un butacón de piel, con la cabeza entre las manos. Se sentía agotado, torpe.
Pero esperanzado. Absurdamente esperanzado.
También él necesitaba descansar, aunque no entendía muy bien por qué. En realidad no había hecho nada.
Unos fuertes golpes en la puerta le arrancaron de su sopor. Se levantó, caminando con paso vacilante, para abrir. Al hacerlo, alguien le propinó un fuerte empentón entre las clavículas que le hizo caer al suelo de espaldas.
—¿Dónde está Naora? —rugió la voz de Keinn, que apareció en el umbral esgrimiendo una daga curva.
Kaone entró en tromba detrás, y al descubrir a la muchacha tendida en el suelo, se abalanzó sobre Ulter y lo levantó como si fuera una pluma en vez de la montaña de músculos que era.
—¿Qué le has hecho, cabrón?
Naora se despertó para observar la escena envuelta en bruma, incapaz de hablar o incorporarse.
"Déjalo, Kaone", pensó. "No me ha hecho nada. He venido para ayudar".
Kaone lo mantuvo agarrado unos instantes, dudando. Ulter terminó de espabilarse y lo lanzó por los aires de un puñetazo. Keinn saltó hacia el general, mientras la joven contemplaba la escena con impotencia.
"No, no..."
—¿Qué demonios está ocurriendo aquí? —la voz de Vadyn retumbó en la habitación como un trueno furioso.
El tiempo pareció detenerse y las paredes de la estancia se plegaron sobre sí mismas.
El jefe saltó de la cama, dio un par de zancadas hasta donde estaban los extraños y agarró a Keinn del cuello, levantándolo del suelo. Se disponía a atizarle un buen golpe cuando notó que el brazo le ardía, como si lo hubiera metido en una hoguera, y le soltó dando manotazos en el aire.
—Ya está bien —protestó Naora, tratando de ponerse de pie.
Casi como si les sorprendiera encontrarla allí, Ulter y Kaone se volvieron para mirarla y solo entonces se apresuraron a tenderle la mano. Por no desairar a ninguno, Naora hizo un gran esfuerzo y se puse de pie sin ayuda, dejando escapar un gemido de dolor.
—¿Qué está pasando aquí, Ulter? —exigió saber Vadyn entonces—. ¿Y por qué demonios estoy desnudo en una habitación llena de hombres?
El general se envaró, miró a Keinn y a Kaone, después a Vadyn, luego a la bruja, y de nuevo a Vadyn. Y por fin estalló en carcajadas nerviosas, que los otros no tardaron en imitar. Al jefe no le hizo tanta gracia. Agarró la manta y se la echó por encima, refunfuñando.
—Has estado enfermo, primo —logró decir al cabo de unos instantes Ulter—. La verdad es que has estado a punto de viajar al reino de las sombras.
Vadyn miró fijamente al general, esforzándose por recordar. Una colección de imágenes confusas se sucedieron en su mente: bandidos, espadas, el dolor lacerante de un tajo profundo. La cama, la fiebre. Sacudió la cabeza, como para alejar los momentos de debilidad.
—Y estos, ¿quiénes son?
—Yo soy Keinn, y este es mi compañero Kaone. Somos viajeros de las lejanas provincias de oriente, y aceptamos la hospitalidad de vuestro general para pasar la noche en vuestro castillo.
Vadyn les estudió uno a uno con el ceño fruncido. Lo que pensó de Naora no era difícil de imaginar: aunque lograba mantenerse en pie, su aspecto era el de una persona frágil en extremo, que fuera a quebrarse literalmente de un momento a otro.
Al verse observada, un escalofrío recorrió las entrañas de la joven. Si ya el general era un hombre imponente, el jefe Vadyn parecía un dios arcano de la guerra, soberbio y magnífico, duro e invulnerable. Muy a su pesar, se sintió intimidada por su aspecto.
—Y ese, ¿quién es? —preguntó el jefe, señalándola con el dedo.
Kaone torció el gesto, y Keinn dio un respingo, ofendido.
—Nuestra señora. La que os curado y ha peleado contra la muerte para arrancaros de sus garras.
Vadyn relajó el gesto. Curiosa forma de describir a una curandera. En realidad, más parecía ser ella quien estuviera a punto de morir, tan escuálida y débil como se hallaba.
—Pues ahora es ella quien necesita de nuestros cuidados —gruñó—. Si es como dice mi general, y esta mujer me ha salvado, os ruego que aceptéis nuestra hospitalidad hasta que mejore.
Keinn se mordió el labio, pensativo. Si se retrasaban unos días más y el invierno se les echaba encima antes de abandonar el reino de los bárbaros, tendrían que esperar a la primavera para atravesar los pasos hasta Allacian. Kaone le miró, frotándose el moratón que ya asomaba allí donde Ulter le había golpeado.
—Sé lo que estás pensando. Pero Naora no puede viajar así.
Keinn resopló.
—Sea —dijo al fin.
"Sólo espero que esto no nos cueste la vida." Naora escuchó con claridad la voz de Kaone dentro de su cabeza. "O algo peor".

III

—Así que magia, ¿eh? —Vadyn interrogó a su general presa de una gran inquietud—.Y dicen que se han perdido de camino a Allacian, ¿eh? ¡Y una mierda! ¿Quién está dispuesto a creer ese hatajo de mentiras? ¡Es imposible equivocarse de camino y venir a parar aquí!
—No, si se equivocaron al cruzar las quebradas por un paso erróneo. ¿Tienes idea tú de lo lejos que quedan las provincias orientales? No conozco a ninguno de los nuestros que haya viajado nunca allí. Supongo que en algún momento pudieron despistarse.
—Conque sí, ¿eh? ¿Y viajan los tres solos? Tres tipos valientes, sin duda.
Cuando Vadyn no atendía a razones, se ponía muy pesado y no paraba de repetirse a sí mismo. Ulter resopló por lo bajo.
—Si su intención era llegarse hasta Allacian, entonces no necesitarían mucha más escolta. Dicen que es un sitio muy tranquilo.
—No me gustan un pelo. No pienso permitir que vuelvan a utilizar sus trucos de magia en mi castillo. Y tendrán que marcharse pronto. Thalore llegará antes de la próxima luna, y no quiero que nada salga mal. Nos arriesgamos a perderlo todo.
—¿No te duele nada? ¿No sientes la herida, ni la cicatriz?
—No me duele. Y eso no me gusta un pelo...

Desde su habitación, Naora tenía una vista privilegiada del patio de armas. Esperaba no tardar mucho más en recuperar las fuerzas, y en cierta manera se arrepentía de haber derrochado tanta energía en salvar la vida de un bárbaro que probablemente no lo mereciera, descuidando su verdadera misión. Suspirando, se miró las manos: aún no habían recuperado su tamaño habitual, pero al menos los huesos habían dejado de dolerle.
Escuchó una voz ronca y dura que la sacó de mi ensimismamiento. Tan solo un día desde su recuperación, el jefe Vadyn se sentía obligado a dejarse ver por todos y cada uno de los habitantes del castillo, para que nadie albergara dudas sobre ella. Con paso felino se dirigió al patio con sus espadas, para desentumecer los músculos después de su obligado reposo. Sus guerreros hacían prácticas en el centro, y sonrió satisfecho al observarlos.
—No bajes la guardia, Svoid. Descubres demasiado el flanco al atacar, Sidyrc. Bien ese contraataque, Bult.
Vadyn disfrutaba repartiendo consejos, y, sobre todo, disfrutaba del sonido de los aceros chocando entre sí. Era para él una música familiar, reconfortante. Después de pasarse varios días postrado en la cama como un inútil, necesitaba una buena pelea con alguno de sus hombres. Su mirada se paseó hasta el extremo del patio oteando posibles rivales, hasta que la sonrisa se le congeló en el rostro. Keinn y Kaone practicaban con sus unas extrañas armas curvas al abrigo de las murallas. Se dirigió hacia ellos como quien no quiere la cosa, supervisando con atención el progreso de los suyos.
Pronto no pudo levantar la vista de los ejercicios que realizaban los forasteros. Keinn y Kaone eran delgados en comparación con los musculosos hombres del norte, pero eran muy flexibles y ágiles. Más que pelear, parecía que estuvieran bailando. Esquivaban los golpes con elegantes movimientos, fintando y saltando por encima de las armas cada vez que se atacaban; al principio el jefe creyó que no ponían mucho empeño.
No tardó en comprender, sin embargo, lo equivocado que estaba: ambos sudaban copiosamente, y cada vez que lanzaban un tajo apretaban la mandíbula con fuerza, gruñendo. Una de las veces, Keinn estuvo a punto de atravesar a Kaone.
—¡Eh, ten cuidado, imbécil! —protestó este—. Naora no está como para cuidar de nosotros.
Vadyn arrugó la nariz en un gesto despectivo. No le parecía bien que dos guerreros dependieran de los cuidados de una mujer para mejorar en sus entrenamientos. Kaone alcanzó a verlo por el rabillo del ojo y se volvió hacia él con una ambigua sonrisa.
—Jefe Vadyn, qué honor —dijo—. ¿Qué tal os encontráis?
—Como nuevo, gracias —gruñó aquel.
Pasó la mirada de uno a otro, sin distinguirlos: los dos eran largos, estilizados, de cabellos lacios y afilados ojos.
—¿Queréis practicar con nosotros? —preguntó Keinn.
Vadyn hizo una mueca de sorpresa. No se fiaba.
—¿Una lucha de hombre a hombre? ¿Sin trucos de magia?
Aquello ofendió a los forasteros.
—Sólo utilizamos la magia en casos extremos, jefe. No creo que lograrais ponernos en tan serio aprieto.
—Y aun así, no lo haríamos —añadió Kaone al ver la expresión vacilante del bárbaro—. Solo queremos entrenar un poco, pero conocemos tan bien cada uno de nuestros movimientos que es imposible hacer nada parecido a una pelea de verdad.
Vadyn se relajó.
—Muy bien, entonces.
—¿Con quién queréis empezar, jefe?
Vadyn dudó. Definitivamente, le resultaba imposible distinguirlos. Sonrió, mostrando los colmillos.
—¿Qué tal los dos a la vez?
Kaone soltó una risa siniestra, y se agachó sujetando la espada con las dos manos. Keinn se colocó muy tieso a un lado, dejó la espada en el suelo y tomó sus dos dagas.
—Adelante, entonces.

Naora se arrebujó en mi manta y se asomó por la ventana abierta para ver mejor. El aire se había vuelto cortante, de tan frío; no tardarían en aparecer las primeras nieves. Apoyada contra los sillares de piedra, contempló durante un buen rato el bronco paisaje que se levantaba en el horizonte. Las montañas se erguían como cortadas a mordiscos hacia el oeste, reflejando pálidos destellos; sin duda las cumbres estarían forradas de placas de hielo. Un poco más hacia el norte descansaban varias aldeas de casitas de piedra, diseminadas por el valle. Un río apenas más ancho que un camino serpenteaba entre los poblados, escupiendo espuma blanca. No podía negar la belleza fascinante que palpitaba en aquella región salvaje: imposible de domesticar, pero peligrosamente atrayente.
Igual que el jefe Vadyn, pensó, volviendo la mirada al patio.
A su lado, el propio general Ulter, quien le había parecido poco más que un animal nada más conocerlo, parecía un ser civilizado. La joven levantó la cabeza, buscándolo entre las figuras oscuras que practicaban con los aceros en el patio, y se sorprendió al descubrir lo bien que se las apañaba peleando contra sus amigos. Se mordió el labio, indecisa. Por fin, sacudiendo sus cabellos rosados, dio unos toquecitos con los dedos en la pared y decidió mirar más de cerca.
"Muéstrame lo que tus ojos ven, Kaone".
Se coló en la cabeza de Kaone, obteniendo al instante una inmejorable perspectiva del cuerpo sudoroso de Vadyn, que sostenía la espada sobre su cabeza. Todos los músculos de sus potentes brazos estaban en tensión. Naora tragó saliva. Sin duda, el jefe era fascinante. Como observar a un tigre cazando, o una tempestad desatada. Todos sus rasgos desprendían el aroma del poder. Se fijó en sus ojos: negros, duros, impenetrables. Keinn y Kaone se estaban empleando a fondo contra él, pero Vadyn no se permitía flaquear. Cada vez que recibía un buen golpe, encajaba la mandíbula y daba un paso al frente.
La muchacha se frotó las manos, nerviosa: seguro que era un arrogante bien pagado de sí mismo.
"No me atrae en absoluto. Me llama la atención, nada más, porque los hombres del mi pueblo no son como él. Nada más".
Y era verdad que nunca había visto un hombre así. Sus movimientos eran hipnóticos, felinos... Vadyn era sencillamente...
"¿Qué estás haciendo en mi cabeza, Naora?"
La voz de Kaone resonó en su mente, arrancándola de sus agitados pensamientos.
"Na... nada. He sentido tu angustia. Solo quería comprobar que estáis bien."
"¿Mi angustia? Me ofendes, querida mía. Pero sal de mi cabeza, te lo ruego, no me dejas actuar con precisión."
Abandonó a Kaone, y notó que tenía la garganta seca.
—¿Acaso me he vuelto estúpida? —exclamó de pronto, furiosa consigo misma por el descuido.
—Espero que no —contestó una voz en ese momento desde el vano de la puerta.
Dio un respingo, y el general Ulter esbozó una sonrisa. Sus ojos verdes la recorrieron de arriba abajo.
—General... Disculpad, no os he oído llegar.
—¿Cómo os encontráis hoy?
—Bastante mejor, gracias. Aunque en realidad —explicó, esforzándose para disimular el temblor de su voz—, mi recuperación es una mera cuestión de tiempo. No es que esté enferma.
Ulter alargó el brazo, sorprendiéndola con su inesperada galantería.
—¿Os apetece acompañarme a dar un paseo hasta el patio de armas? Creo que vuestros escoltas intentan poner en apuros al jefe Vadyn.
—Lo decís como si fuera algo imposible de conseguir.
—Si hubierais visto al jefe combatir en alguna ocasión, lo entenderíais.
—Bueno, a él no le he visto nunca, pero sí a Keinn y a Kaone.
Ulter sonrió. Recorrieron con tranquilidad los lóbregos corredores y salieron al patio. Los demás guerreros habían dejado de practicar y formaban un círculo alrededor del jefe Vadyn y sus exóticos rivales, cruzando apuestas y profiriendo alaridos salvajes cada vez que alguien conseguía un buen golpe. Al ver al general le hicieron un hueco, y Naora se apoyó en él para observar.
A Vadyn le encantaba tener un público que jaleara su nombre. Su vanidad le empujó a arriesgar demasiado cuando descubrió la presencia de la joven entre sus hombres. Cualquier mujer, incluso una tan poco femenina como Naora, tenía que quedar impresionada ante sus hazañas. Formaba parte de su naturaleza. Keinn y Kaone también se dieron cuenta: de repente, los movimientos de Vadyn se habían vuelto más exagerados. Keinn saltó hacia un lado, y arrojó una de sus dagas contra él: Vadyn reaccionó como un resorte y la esquivó inclinándose hacia la izquierda. Kaone se agachó, aprovechando para lanzar una patada circular que le barrió los dos pies del suelo. El jefe trastabilló, tratando de mantener el equilibrio, pero Keinn voló hacia él, enganchándolo del cuello, le hizo girar sobre sí mismo y acabó detrás de su espalda, con un brazo inmovilizándole desde el hombro y la otra daga apoyada burlonamente sobre la yugular.
Naora arrugó la nariz y exclamó:
—Ya basta, dejadle en paz. ¿No veis que ha pasado varios días al borde de la muerte?
De pronto el silencio cayó sobre todos como una losa. Keinn retiró la hoja entre jadeos; él y Kaone hicieron una respetuosa reverencia a su adversario. Pero el jefe Vadyn no les correspondió. Hizo una mueca y la traspasó con la mirada, apretando los dientes. Ulter carraspeó, tratando de sacudirse una inexistente mancha de barro del caftán; los guerreros se apresuraron a retomar sus entrenamientos, sin cruzar una palabra.
"¿Qué pasa, Kaone?", pensó. ¿He dicho algo malo?"
"Creo que has ofendido al saco de piedras. Tranquila, estamos aquí."
De forma discreta ambos se colocaron a su lado. Ulter le soltó el brazo y se dirigió hacia Vadyn.
—Tenemos cosas que hacer, no te olvides.
Vadyn le miró como si fuera un fantasma, y luego asintió vagamente.
—Iré a darme un baño. Y vosotros —añadió, volviéndose hacia donde estábamos—, buena pelea. No hace falta que os pongáis así de tiesos, en mi clan no atacamos a las mujeres.
—Bien. Nosotros tampoco lo hacemos —repuso Kaone.
—Bien. Aunque más le valdría —hizo un gesto con la cabeza en dirección a la muchacha, sin mirarmla—, que se vistiera como una mujer. No vaya a ser que alguien la confunda.
Naora sintió que la boca se le abría sola, de pura humillación.
"Maldito patán. ¿Así me agradece lo que hice por él?"
Ulter palmeó al jefe en el hombro y dirigió sus pasos de nuevo al castillo, dejándolos solos en el patio, alejados de los demás soldados. Kaone se rascó la cabeza.
—Ya sabes por qué los llamamos "bárbaros", ¿no? —dijo.
—Tienes que tener cuidado, Naora. Intenta respetar las costumbres de los sitios a los que vayamos.
—¿Yo? —estaba tan indignada que apenas podía hablar—. ¿Qué es lo que he hecho? ¿Por qué te pones de su parte? Y además, ¿qué pasa con mi ropa?
Se miró: botas negras, pantalones de piel, un caftán de cuero y una capa de piel de zorro. Ropas del todo adecuadas para emprender un largo viaje.
—¿Qué esperaba ese animal? ¿Que me vistiera con mis mejores galas para hacerle de enfermera?
Keinn soltó una carcajada.
—No le hagas caso, estás preciosa, como siempre. A saber qué entienden aquí por una mujer hermosa.
—Alguna tiparraca grande como una casa con collares de dientes colgando, seguro.
—Con coraza en vez de vestido, y un casco con cuernos en la cabeza.
Los atravesó con la mirada.
—Os estáis burlando de mí.
—¡No, para nada! —contestaron los dos a la vez.
—Además, ¿a quién le importa lo que piense ese simio de mí? Mañana por la mañana partiremos hacia Allacian.
Keinn se puso serio de repente, y miró al cielo.
—No lo sé, Naora. El invierno se nos echa encima. Si nieva antes de que alcancemos los pasos, no podremos cruzar.
—Y si empezamos a cruzarlos y la nieve nos sorprende entonces, quedaremos allí atrapados.
—Pero... —ella les miró con ojos de espanto—. Atori nos dijo que... Los Jinetes Esteparios están...
—Ya lo sabemos, Naora. Pero me temo que no hay mucho que podamos hacer.
Keinn y Kaone hicieron una pequeña reverencia y echaron a andar hacia el interior del castillo, dejándola allí sola. Sintió un frío extraño en el estómago. Su pueblo estaba en peligro. ¿Cómo podían ellos pensar siquiera en pasar el invierno en las tierras bárbaras?
Keinn desapareció engullido por las sombras al cruzar el portón de entrada. Era un hechicero del agua. Debería ser capaz de manejar el clima a su antojo. ¿No quería, o no podía hacerlo? Aunque Atori siempre decía que la magia era un recurso peligroso, ella no estaba de acuerdo, no podía estar de acuerdo. ¿De qué le servía entonces a su pueblo contar con ella? Eran el último bastión. Si dejaban de utilizarla, terminaría desapareciendo por completo del mundo. Y, lo que es peor, ellos sucumbirían ante cualquier enemigo que les hiciera frente.

Vadyn y Ulter cabalgaban sin prisa en dirección al valle. Los árboles que jalonaban el camino mostraban sus ramas desnudas como huesos; algunas, pocas, hojas tardanas temblaban sin convicción salpicando el paisaje de manchas cobrizas. Vadyn se retiró de un manotazo un mechón de la frente, resoplando. Ulter lo miró de soslayo.
—¿Qué te pasa?
—Espero que las dos muñecas y la bruja a la que acompañan se marchen cuanto antes del castillo.
—La mujer dijo lo que dijo con buena intención. No tenía por qué curarte, ¿sabes? Nadie se lo pidió, pero ella lo hizo. Y, créeme, estuvo a punto de morir por eso.
—¿Qué quieres decir, con eso de que estuvo a punto de morir? —gruñó Vadyn.
—Se quedó echa una piltrafa. No tenía fuerzas ni para sostenerse en pie, cuando terminó.
Abandonaron el camino y entraron en la aldea. Un grupo de mujeres que cargaban cubos de agua se detuvieron y sonrieron al jefe Vadyn. Este les devolvió gentilmente la sonrisa, acomodándose sobre el caballo para ofrecerles una mejor vista de sí mismo. Cuando las adelantaron, escucharon algunas risillas sofocadas.
—Ya podríamos volvernos al castillo —comentó Ulter, poniendo los ojos en blanco—. Dentro de un rato, todas las mujeres de la aldea sabrán que te has recuperado.
—¡Así es, general! Pronto lo sabrán todas. Estoy pensando en ofrecer un banquete esta noche en el castillo, para celebrar mi buena salud. Pero, volviendo a lo de antes... ¿Cuándo crees que nos desharemos de nuestros desagradables invitados?
—Creo que tu obligación sería invitarles más bien a pasar el invierno con nosotros, primo. Sabes bien que no llegarían a Allacian en pleno invierno. Además, últimamente los bandidos se están tomando demasiadas libertades. La última incursión de la que he tenido noticia se produjo demasiado cerca del castillo.
—¿Ah, sí? Pues tendremos que organizar una batida antes de encerrarnos de nuevo. Tal vez mañana, si el banquete de esta noche no se alarga demasiado.
El jefe y Ulter visitaron las aldeas más próximas al castillo, asegurándose de que todo estaba en orden y comprobando que los tributos que se enviarían al año siguiente eran adecuados. A Vadyn no le interesaba mucho la parte política de ser jefe: estaba hecho para mandar a los hombres en la guerra, no en la paz, y solía delegar esas aburridas funciones en su general. No obstante, cumplía con agrado sus obligaciones respecto a dejarse ver para mantener la autoridad; de lo contrario, alguien podría pensar que era el general quien realmente gobernaba la región septentrional del reino de los bárbaros, y atreverse a intentar un golpe de mano. Si bien Ulter resultaba un temible adversario en la lucha, tenía fama de ser un hombre paciente con quien se podía dialogar; por el contrario, el jefe se había ganado a pulso su apodo de Asesino: era furioso, impredecible y vengativo, y todo el respeto que sus vasallos y enemigos pudieran sentir por Ulter, en él se traducía por temor, miedo, o absoluto pavor.
Ya estaban de vuelta cuando advirtieron la presencia de unas cabañas miserables, medio escondidas tras las suaves lomas del terreno. El humo ascendía abundante por las chimeneas, y un trapo amarillento colocado a modo de bandera en un lado del camino advertía de que sus pobladores estaban enfermos. Vadyn sintió un escalofrío al verlo. Con paso cauteloso, dirigieron a sus caballos hacia allí.
—¿Quiénes sois vosotros? ¿Por qué estáis aquí? —preguntó a un joven larguirucho, con profundas ojeras, que descansaba sobre un piedra plana.
El muchacho se puso de pie tambaleante, haciendo un amago de reverencia.
—Somos habitantes de la aldea, mi señor. Hace poco más de una luna que empezamos a sentirnos mal, y los ancianos nos enviaron a vivir aquí para no contagiar al resto.
—¿Pertenecéis a una misma familia? —inquirió Ulter con frialdad.
—No, mi señor, somos varias familias. Ni siquiera éramos vecinos unos de otros.
Vadyn echó un vistazo a su alrededor. Algunos críos se asomaban desde las desvencijadas puertas, y dos o tres adultos permanecían medio escondidos, curiosos y avergonzados al mismo tiempo por tener que recibir al jefe en su penosa situación.
—¿Os ha visto algún médico?
—¿Médico? No hay médicos en la aldea, señor. Solo el viejo curandero chalado, que nos roció de pócimas y nos mandó bebedizos asquerosos que no sirvieron de nada, aparte de provocarnos retorcijones.
Vadyn apretó los dientes. Le dolía tener que dejar allí a esa gente, su gente, pero la verdad es que no podía hacer mucho por ellos. El médico que vivía en el castillo no parecía mucho mejor que el curandero.
—Si necesitáis alguna cosa, no dudéis en hacérmelo saber —dijo en voz lo bastante alta como para que le escuchara todo el mundo.
El joven larguirucho hizo una mueca, pero se guardó mucho de mostrarse irrespetuoso.
—¿Os referís a mandar un emisario al castillo, mi señor? ¿Lo recibiríais?
Ulter contestó por él:
—No. Manteneos alejados del castillo y de la aldea. ¿Todos los que os habéis trasladado estáis enfermos?
—No, mi señor. Pero los padres no pueden abandonar a sus hijos, ni las mujeres a sus esposos.
—Pero... —protestó Vadyn—. Acabarán por enfermar también...
El muchacho se encogió de hombros, y volvió a sentarse. No aguantaba mucho rato de pie.
—Vámonos —dijo Ulter—. No hay nada que podamos hacer aquí. —Se volvió hacia el muchacho y le gritó—, ¡buena suerte!
El joven les despidió con una ligera inclinación de cabeza. Volvieron al castillo sin cruzar palabra; lo sentían por aquella gente, pero tenían miedo de que se extendiera una epidemia.

IV
El sol, convertido en una enorme bola roja que descendía mordiendo los acantilados, se ponía con una velocidad vertiginosa en aquella zona del continente. Naora desmontó en cuanto perdió de vista la oscura silueta del castillo. Sintió un escalofrío al pisar la fría tierra con los pies desnudos, pero necesitaba realizar sus rituales si quería recuperarse pronto. El bosque permanecía en silencio, una quietud apenas rota por el zumbido quejoso de los insectos. Una ligera brisa correteaba por entre las ramas de los árboles, arrancándoles lamentos de vez en cuando.
Paseó con calma alejándose del sendero, y se detuvo cuando encontró un claro lo bastante despejado como para empezar el ritual. Buscó un palo para trazar con él varios círculos en el suelo; a continuación, dibujó símbolos tribales dentro de ellos con los dedos, arrojó el palo todo lo lejos que pudo, y comenzó a desnudarse poco a poco. Estirando el brazo para dejar la ropa fuera del dibujo, cogió un puñado de tierra con cada mano, las alzó hacia el cielo y se puso a canturrear con los ojos cerrados.
Notaba el brillo mortecino con el que la luz de la luna bañaba su piel. Derramó algo de tierra sobre su melena y siguió cantando. Los círculos del suelo emitieron un pequeño destello, y se pusieron a rodar; los símbolos se encendían con un tenue resplandor conforme la canción avanzaba. Dejó caer más tierra sobre la cabeza y los hombros. Cuando se quedó sin nada, se agachó a por más, y se embadurnó todo el cuerpo con ella.
Transcurrieron varios minutos hasta que consiguió entrar en trance. Naora adoraba la maravillosa sensación que acompaña al sensual baile sagrado, que ejecutaba dibujando curvas con los brazos, las caderas y los tobillos. Los círculos proyectaron una luz deslumbrante que iluminó el bosque entero durante algunos segundos. Abrió los ojos y supo que las pupilas habían desaparecido engullidas por el resplandor: todo era luz, una luz cálida que parecía encender el suelo que pisaba.
Siguió cantando y bailando. Para ella ya no había noche, ni frío bosque: solo tierra, el elemento dador de vida, y Naora era su hija predilecta. La tierra concentraba su poder y la alimentaba, volviéndola más fuerte, llenándola de poder. La energía recorría su cuerpo hasta las entrañas, como una oleada de placer físico que la inundaba, agarrándola de manos y pies para penetrar hasta lo más hondo de su ser. Ya lo sentía...
Gimió.
Estaba allí...
Echó la cabeza hacia atrás y experimentó una potente descarga que la condujo al éxtasis en una nube de placer absoluto. Gritó, dejándose llevar por sus sentidos; se le erizó la piel y sintió frío y calor al mismo tiempo. Durante unos gloriosos segundos, alcanzó la cima del mundo.
Al poco rato, las pulsaciones fueron remitiendo, y Naora jadeó. El frío comenzaba a apoderarse de ella, así que se vistió a toda velocidad sin molestarse en sacudirse la tierra. Respiró hondo. De repente, oyó un ruido, tal vez un animal, como de unas ramas que se agitaban. Miró a su alrededor, pero no vio nada. La oscuridad se había adueñado del bosque, y la luna proyectaba sombras amenazadoras.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó con voz temblorosa.
Las ramas se agitaron de nuevo. Naora se volvió hacia el lugar del que venía el ruido.
—Hola —dijo una voz muy suave que sostenía una lamparilla de aceite.

—¿Dónde demonios se habrá metido? —rugió Vadyn.
—¿Has preguntado a sus...?
—No quieren decirme dónde está, bastardos cabrones. ¡Si se creen que en mis tierras no hay normas que acatar, están muy equivocados! Pueden ir olvidándose de permanecer aquí ni un día más, y...
Apoyado en el muro con las manos enlazadas a la espalda, Keinn carraspeó para advertir a Vadyn y Ulter de su llegada. El jefe lo miró de arriba abajo con desprecio. El hechicero lucía la misma sonrisa descarada de costumbre, pero creyó ver un atisbo de temor en los ojos.
—¿Queréis algo?
—Mi señora está tardando demasiado, jefe. Quería pediros permiso para salir a buscarla. Y un par de hombres, si es posible.
—Vaya, vaya. Así que ha salido del castillo sin permiso, ¿eh? Y ahora resulta que se ha perdido y necesitáis ayuda, ¿eh?
Keinn cambió el peso del cuerpo de una pierna a otra, mordiéndose el labio.
—Merecéis nuestras disculpas, desde luego. Me temo que no estamos acostumbrados a dar explicaciones.
—No estáis en vuestro reino de fantasía —replicó Vadyn ensombreciendo el ceño—. Si no aceptáis la misma disciplina que los demás, tendréis que abandonar mis dominios.
Keinn asintió, incómodo.
—¿Tenéis idea de hacia dónde ha ido? —preguntó Ulter.
—Hacia el bosque.
Vadyn entrecerró los ojos.
—Yo iré a buscarla. Tú y tu amigo os quedáis aquí. ¿Entendido?
—Te acompaño —se apresuró a decir Ulter.
Keinn les despidió con una ligera reverencia, y fue a reunirse con Kaone, retorciéndose las manos. Por mucho que le molestara, comprendía a Vadyn: en un lugar remoto, de costumbres y gentes desconocidas, podían correr peligros sin ser si quiera conscientes de ello. A Naora no le iban a gustar los cambios, pero tendría que aceptarlos. Si les echaban del castillo, aprenderían de golpe todos los matices de la palabra "problema".

Naora estaba sentada en el suelo, frente a una caterva de críos que la miraban con los ojos hundidos, pálidos como espectros y con expresión de absoluto agotamiento. Una mujer joven, rubia y desgarbada, le mostraba sus encías sangrantes, quejándose del intenso dolor que le producía el más mínimo movimiento. Otra mujer algo mayor se acercó renqueando hasta ella y le ofreció un cuenco humeante. Naora lo olisqueó antes de probarlo.
—Está bueno —dijo, bebiendo a pequeños sorbos. —Dime, ¿qué soléis comer por aquí?
—Siempre comemos carne —contestó la joven con gran esfuerzo—. Pero aun así nos sentimos cada vez más débiles. Mi pequeña se está quedando ciega —gimió al borde de las lágrimas.
—Yo me ocuparé de vosotros —respondió Naora, encogiéndose de hombros.
Las dos mujeres se miraron, no con desconfianza, sino más bien extrañadas de que una mujer tan misteriosa, surgida de váyase a saber dónde, estuviera dispuesta a ayudarles sin pedir nada a cambio. Esperaron con paciencia a que su invitada terminara el caldo. Uno de los niños se acercó hasta ellas y se recostó entre las dos, con los ojos muy abiertos y respirando trabajosamente.
En el exterior, alguien aporreó la puerta antes de entrar esperar respuesta.
—El jefe Vadyn ha vuelto con el general. Están buscando a una mujer extranjera que... —el muchacho se interrumpió al ver a Naora.
—Me estarán buscando a mí, imagino —dijo ella de mala gana.
Se levantó sin prisas, apartando con cuidado el tazón. Se aproximó a las dos mujeres y acarició al niño con una sonrisa apenas esbozada.
—Mañana por la mañana vendré y os diré lo que tenéis que hacer. Poco puedo ayudar esta noche, me temo.
Tocó la frente del niño y raspó con los dedos del pie la tierra que manchaba el suelo de la cabaña. El niño dio un respingo y su piel comenzó a brillar con un débil resplandor azulado. Unos segundos después, Naora se apartó y el pequeño se enderezó de golpe, con una mueca de sorpresa en la cara.
—¡Mamá! —gritó a la mujer joven—. ¡Estoy bien!
Las miradas de asombro se repartieron entre Naora y el niño. La mujer rubia hizo amago de hablar, pero la bruja la interrumpió con un gesto de la mano.
—Tengo que irme con el jefe gruñón —se disculpó ella, despidiéndose.

Los caballos pateaban el suelo resoplando por los ollares, contagiados del nerviosismo de sus jinetes.
—Jefe Vadyn, general Ulter —saludó ella en tono apenas audible.
Vadyn olvidó sus escrúpulos y desmontó de un salto.
—Pero, ¿qué demonios hacéis aquí? —tronó, agarrándola del brazo. Ella trató de zafarse.
—¿Soy acaso vuestra prisionera? —protestó, haciendo un mohín con la boca.
Vadyn la atrajo hacia sí, acercando su rostro hasta casi rozar el de ella. La luna iluminaba las duras facciones del jefe, que se contraían de ira. Naora sintió un escalofrío. Puede que fuera un animal, pero se trataba de un animal especialmente atractivo. Aspiró su olor con fuerza, un olor irresistiblemente masculino que parecía sacudir sus defensas. Le hincó las uñas en el brazo para librarse de él, y notó como los músculos se tensaban bajo la curtida piel. Vadyn no pareció darse cuenta.
—¿Cómo se os ocurre venir a este poblado de apestados? ¿No comprendéis que nos estáis poniendo a todos en peligro? —preguntó entre dientes.
—No son apestados —contestó ella, arrastrando las letras al hablar.
Vadyn vaciló, sorprendido por su respuesta, y la muchacha aprovechó para soltarse.
—Están mal alimentados, eso es todo. No os preocupéis, —añadió en tono mordaz—, no vais a contagiaros, si es lo que teméis.
Ulter le tendió la mano para ayudarla a montar.
—No hemos terminado de hablar, mujer —masculló el jefe, contrariado—. En el castillo os explicaré un par de cosas.
Naora bufó mientras se alejaba al galope. Vadyn encajó la mandíbula, lanzó una última mirada a las casuchas, y salió disparado para adelantar a la muchacha. Bruja o no, no iba a permitir que ella llegara antes.

Vadyn la siguió hasta sus habitaciones y entró como una furia tras ella. Naora se quitó la capa sin dedicarle ni una mirada, lanzó sus botas hacia la otra punta de la estancia y se limpió las manchas de tierra que quedaban aún adheridas a su ropa, salpicando barro reseco sobre las losetas de piedra. Vadyn dio unos pasos hacia ella con calma felina, como un depredador al acecho. Sin dejarse intimidar, Naora alzó la barbilla hacia él y sus ojos relampaguearon de rabia.
—No pienso daros explicaciones sobre lo que he hecho. No es de vuestra incumbencia —susurró.
—Lo es, mientras durmáis bajo mi techo —replicó él, en el mismo tono—. Es algo que ya he hablado con vuestros sirvientes. Claro está: si no os parece bien, me alegrará saber que abandonáis mis tierras.
—Keinn y Kaone son mis escoltas, no mis sirvientes. Y, creedme cuando os digo que me haría muy feliz poder marcharme cuanto antes de vuestras tierras. Aunque me veo obligada a aceptar vuestra odiosa hospitalidad, sabed que no me quejo, pues en el fondo es mi culpa por haberme ofrecido a curar vuestra herida. Como suele decirse, hay que pagar por las buenas acciones.
El jefe abrió la boca para responder, pero se lo pensó dos veces y no dijo nada. Se acercó un poco más hacia Naora. El fuego crepitaba en la chimenea, caldeando el interior de la habitación y proyectando su luz cobriza sobre los exóticos rasgos de la muchacha. Vadyn observó la delicada curvatura de la boca, que se fruncía formando un carnoso corazón. Naora se humedeció los labios con la punta de la lengua, y Vadyn, sin saber muy bien por qué, se endureció al momento. Comenzó a respirar más ruidosamente. La muchacha entornó los ojos, observándole a su vez con suspicacia, y Vadyn se fijó en lo hermosos que eran de cerca: maravillosamente perfilados, abanicados por larguísimas pestañas negras como noche sin luna, y de un misterioso azul oscuro. Los ojos de Naora escondían secretos, comprendió. No eran los ojos transparentes de las muchachas tontorronas a las que solía engatusar para divertirse en las noches de juerga, que reflejaban de golpe toda la verdad que había en sus aburridas vidas...
En la chimenea, la madera emitió un débil crujido al quemarse. En la distancia se oyó el ulular de una lechuza solitaria, y un lobo aulló a la luna. Vadyn extendió un dedo para rozarle la barbilla; de pronto parecía haber olvidado por qué discutían momentos atrás...
Naora dejó escapar un leve jadeo cuando él la tocó. La piel de Vadyn había adquirido el color del bronce, lamida por el calor de las llamas. Por debajo de la melena enmarañada que le ocultaba la frente, los ojos de Vadyn se habían oscurecido todavía más, enturbiados por una súbita acometida de deseo. ¿Sería posible? Naora entreabrió los labios, y él se aproximó.
Lentamente.
—Pero, ¿qué estáis haciendo? —preguntó entonces ella, echando la cabeza hacia atrás de golpe.
Vadyn se sacudió, como si acabara de despertar de un extraño sueño, y dejó caer la mano.
—No toleraré ninguna indisciplina —dijo, recomponiéndose.
Y se dirigió hacia la puerta con paso enérgico. De pronto, Naora recordó la promesa que había hecho a las mujeres. Observó como Vadyn se disponía a salir de sus aposentos hecho una furia. Se mordió la parte interior de la mejilla, y tragándose el orgullo, le preguntó:
—¿Tengo vuestro permiso para ir mañana al poblado? Esa gente no está enferma. Lo único que les ocurre es que no están alimentándose bien, y ahora que llega el invierno...
Vadyn se detuvo en seco. Había olvidado ese asunto.
—¿Cómo demonios estáis tan segura de que no es una enfermedad?
—Lo huelo —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Lo mismo que olí que estabais a punto de morir por vuestra herida infectada, puedo oler que no hay ni rastro de enfermedad en esa gente. Pero eso no significa que no puedan morir.
Vadyn la miró de arriba abajo. La mención a su herida le había molestado, pero no tenía ganas de darle las gracias. Naora se sentó en el borde de la cama, esperando su respuesta. El jefe se cruzó de brazos y apoyó el hombro contra el muro.
—¿Puedo preguntaros qué pensáis hacer?
Naora se miró las manos. Dejó escapar un suspiro, y comenzó a explicarle:
—Sabéis que Keinn, Kaone y yo venimos de las provincias orientales —Vadyn asintió—. Somos lo que en nuestro pueblo se conoce como "hechiceros de nivel superior"; cada uno estamos especializados en distintos elementos. Keinn domina el elemento agua, Kaone el fuego y yo la tierra.
—¿Qué implica eso exactamente? —preguntó él, plantando la suela de la bota en la pared.
—La tierra es el elemento de la vida. Entre otras cosas, como ya sabéis, puedo curar, y también puedo hacer que florezcan las plantas —Vadyn enarcó una ceja—. Puedo plantar una semilla y hacer que crezca un árbol en un solo día.
—Sigo sin entender cómo vais a ayudar a...
—Esa gente solo come carne —resopló Naora—. Es tan fácil como plantar árboles frutales y hacer que coman los frutos.
—Ya veo. —Vadyn entornó los ojos, vacilante—. ¿Estáis, entonces, absolutamente segura de que no hay ningún riesgo de...?
—Absolutamente.
—¿Y qué ganáis vos? —preguntó con recelo.
—Mucho... Si me echáis del castillo antes de la primavera, alguien me acogerá en su cabaña como agradecimiento.
Vadyn sonrió de medio lado.
—¡Ja! —su risa sonó áspera y seca—. Sea, entonces. Podéis ir a hacer de jardinera, pero llevaos un par de hombres con vos. Los caminos son peligrosos.
Naora le sostuvo la mirada unos instantes antes de asentir con gesto cansado. Vadyn se despidió con una leve inclinación de la barbilla, y cerró la puerta con cuidado.

Todo era oscuridad, tanto dentro como fuera del castillo. El jefe Vadyn daba vueltas encima de la cama, sin lograr conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Naora lamiéndose los labios, atravesándole con sus misteriosos ojos azules. Hacía tiempo que no dormía con una mujer: cuando su prometida Thalore, a quien solo había visto una vez en su vida cuando era niño, anunció su próxima visita al castillo Kaard, le había parecido buena idea hacer abstinencia como gesto de buena voluntad ante su inminente casamiento. Ahora ya no le parecía tan buena idea: su cuerpo le recriminaba su estúpida decisión, y la presión bajo sus pantalones comenzaba a resultarle especialmente molesta.
—Por todos los demonios —masculló entre dientes.
Trató de pensar en otra cosa. Se mordió la lengua con fuerza para que el dolor le permitiera concentrarse mejor, dio unos cuantos puñetazos en la manta. Se pasó una mano por el pelo, se tumbó bocarriba y cerró los ojos. Era inútil. El rostro altivo de Naora se le aparecía enmarcado por los suaves rizos que caían sobre sus hombros, y para colmo, ya no recordaba muy bien qué tipo de ropa llevaba antes... Se torturó imaginándola ataviada con una fina túnica transparente, como correspondía en su imaginación a una auténtica hechicera. Su mente dibujaba con todo lujo de detalles las delicadas curvas de los pechos, la cintura, las altas caderas. Naora pasándose la punta de la lengua por los sedosos labios, mientras soltaba con una mano la fíbula que anudaba la túnica; las encallecidas manos de Vadyn acariciaban su...
—¡Mil veces maldición! —gritó Vadyn, levantándose de un salto.
Parecía un adolescente vergonzoso que nunca hubiera visto una mujer. Abrió de golpe los postigos de los ventanales y se asomó a la fría noche sin estrellas. El viento de las montañas había arrastrado gran cantidad de nubes. Inspiró con fuerza, llenándose los pulmones del aire helador que comenzaba a penetrar en la cámara. Permaneció así un buen rato, confiando en que el frío terminara con su calentón, y sin poder evitarlo, preguntándose si también Naora estaría pensando en él.

Acurrucada bajo una gruesa manta de pieles de zorro, Naora observaba cómo el fuego de la chimenea se extinguía poco a poco, reducido a un montón de ascuas humeantes. Aunque estaba bastante cansada, no conseguía dormirse: cada vez que recordaba el rostro de Vadyn acercándose a ella, dispuesto a besarla, su corazón daba un vuelco y se le encogían las entrañas. Sacudió la cabeza, confundida. Cierto que, físicamente, el jefe era un hombre impresionante: ya cuando lo vio por primera vez, aun postrado por la fiebre, le pareció el ejemplar masculino más atractivo que había visto en la vida. Sin embargo, Vadyn representaba todo aquello que a Naora le habían enseñado a despreciar: era presumido, maleducado y de carácter volátil. Encumbrado como jefe por su carácter violento, y no por su sabiduría o la importancia de su linaje, su forma de guiar al pueblo se asemejaría más a la de un animal que a la de un verdadero rey. Qué diferente de su hermano Atori, hijo y nieto de reyes, frío y calculador, que sabía anticiparse a los problemas en lugar de ir resolviéndolos conforme iban surgiendo.
O de ella misma, ya puestos.
"Y entonces, ¿de dónde nace esta ansiedad?", pensó.
Se acarició la barbilla, allí donde él la había tocado, y sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Recordó su olor, masculino y especiado, salvaje, como todo en él.
"Por favor...", se dijo, enfurruñada consigo misma. "Más me vale dejar de pensar en tonterías. Bastante tengo con estar aquí atrapada".
Contempló como acababan de apagarse las últimas brasas. Cerró los ojos y pensó en las amenazas que se cernían sobre su pueblo, allá en el extremo más oriental del continente mientras ella perdía el tiempo en un oscuro castillo bárbaro, y en todo el que aún tendría que pasar hasta que pudieran reanudar el viaje hasta Allacian. Con lágrimas en los ojos, el perfil de la chimenea se fue difuminando más y más, hasta desaparecer por completo tragado por la intensa negrura de la noche.

V
Durante una larga semana, Naora bajó cada día al poblado, donde utilizaba su magia para hacer crecer distintos tipos de frutales. Al terminar, dedicaba las pocas fuerzas que le quedaban a fortalecer a aquellos que se sentían peor, especialmente los niños. La labor resultaba extenuante, y cada noche regresaba al castillo debilitada, pálida y sucia, con la ropa manchada de tierra, la trenza deshecha y el pelo enredado en grasientos mechones que se le adherían al rostro. Los primeros días Vadyn trataba de evitarla, repelido a partes iguales por la atracción que había surgido aquella noche y por su lamentable aspecto.
—No olvides que es por tu pueblo por lo que vuelve así cada noche —le recriminó Ulter en una ocasión—. Podría permanecer encerrada en sus habitaciones hasta la primavera, y no tendríamos nada que echarle en cara.
Vadyn resopló, frotándose los brazos.
—No digo que no... Es solo que no encaja con mi idea de mujer. Vestida con pantalones, y peinada con una trenza como si fuera un salvaje.
—Así que ese es el problema, ¿eh? —rió Ulter—. Que no es el tipo de mujer que querrías como invitada. Aunque supongo que para ella, eso es bueno.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Vadyn, torciendo el gesto.
—¡Nada! Simplemente, que no es una mujer boba y caprichosa, más pendiente de venerar tu majestuosa presencia que de hacer algo útil en la vida.
—Me ofendes, primo, me ofendes y me insultas al mismo tiempo.
—¡Ja! —gruñó Ulter, poniéndose en pie—. Disculpa, voy a los establos a ver a los caballos. Me reuniré contigo más tarde.
Vadyn se quedó un rato mirando al vacío, más allá de los robustos muros del castillo. ¿De verdad era ese el tipo de mujer que le gustaba? Dicho así, sonaba un poco lamentable, pero la verdad era que, repasando su lista de amantes, todas parecían cortadas por el mismo patrón: bobas, caprichosas y aduladoras, tal y como le había dicho Ulter. Meneó la cabeza, disgustado consigo mismo. Era de esperar que Thalore fuera distinta.

Aquella noche, Vadyn esperó embozado en una capa negra junto al portón de entrada para recibir en persona a Naora. La luna era apenas un gajo de naranja medio mordido, y su tenue resplandor, más que iluminar, regaba con fantasmal tibieza los alrededores. Las primeras nieves habían hecho su aparición pocas horas antes, y el suelo endurecido estaba cubierto por un fino manto blanco. Vadyn pateó el suelo para entrar en calor mientras observaba el vaho que exhalaba su propia respiración.
A lo lejos, por fin, Naora se aproximaba con lentitud derrengada sobre el caballo, seguida a cierta distancia por un par de soldados que charlaban entre sí. A semejante paso, tardaría un buen rato en llegar, pensó Vadyn contrariado. Arqueó la espalda, estirándose, y dio un puntapié a una piedra que descansaba junto a él.
—Fría noche para pasear al sereno —observó una voz burlona a sus espaldas.
Vadyn se giró, frunciendo el ceño, y se encontró con uno de los dos forasteros. ¿Sería Kaone, o el otro? Al jefe le costaba distinguirlos aún.
—Hola, Kaone — aventuró, y el mago esbozó una sonrisa.
—Yo soy Keinn —replicó el otro, inclinando la barbilla.
—Demonios.
Vadyn frunció el ceño y le dio la espalda.
—¿Puedo hacer algo por vos?
—Más bien no. Venimos a despedirme de Naora.
—¿Despediros? —preguntó Vadyn con suspicacia. El otro mago acababa de surgir de la nada, materializándose a su lado—. ¿Se marcha acaso?
—Somos nosotros los que nos vamos. Debemos reunirnos con nuestro rey Atori. No ha respondido al mensaje que le envié, y tememos que haya ocurrido algo.
—Es posible que el mensajero esté todavía de camino —dijo Vadyn, restándole importancia.
—Ya tendría que haber llegado allí —Kaone negó tristemente con la cabeza.
—Tal vez, pero aún tiene que hacer el camino de vuelta.
Keinn miró a Vadyn disimulando su desprecio a duras penas.
—Jefe, ignoro si el mensajero llegó o no hasta nuestras fronteras. Si no lo hizo, lo siento por él, porque es probable que esté muerto, o en las garras de los Jinetes Esteparios, en cuyo caso estaría mejor muerto. Si llegó, lo normal sería que Atori se hubiera dirigido a nosotros mediante... bueno, digamos que Atori tiene unos poderes especiales y se habría puesto en contacto. Y si no lo ha hecho, tiene que ser por algo extremadamente grave. En cualquiera de los dos casos —añadió, encogiéndose de hombros—, la situación es bastante mala, y debemos regresar.
Vadyn guardó silencio mientras observaba la desvaída figura de Naora acercándose a paso de tortuga por el sendero.
—Protegedla, jefe —pidió de pronto Keinn, haciendo un gran esfuerzo—. Cuidad bien de ella.
Vadyn se enderezó como si le hubieran dado un latigazo en la espalda. Miró a Keinn con una expresión indescifrable en los ojos, apretando los dientes. Aquello sí que era una sorpresa. Y no estaba muy seguro de si le gustaba o no.
—En mi castillo estará a salvo de cualquier peligro —aseguró.
Keinn le miró a los ojos con cierta amargura. Parecía que el jefe fuera el mayor peligro al que tendría que enfrentarse Naora, pero por desgracia no tenían mucha más opción.
—Bueno, yo... —el jefe les apretó las muñecas en señal de despedida—. Si vais a deciros adiós, la esperaré dentro. Buena suerte, hechiceros.
Vadyn entró colocándose bien la capa con gesto teatral, mientras Naora llegaba al final del sendero y desmontaba como un fardo.
—Nos vamos ya, Naora.
La muchacha se apoyó en el hombro de Kaone, fatigada. Su voz sonó como el revoloteo de una mariposa en medio de un vendaval.
—Tened mucho cuidado, por favor. Yo...
Se detuvo para coger aire.
—No digas nada, Naora. Todo lo que tenemos que decirnos, ya lo sabemos. Cuídate, no hagas esfuerzos inútiles.
—No son nuestro pueblo, Naora. No tienes por qué hacerlo —añadió entre dientes Keinn.
"Buena suerte", pensó la muchacha al límite de sus fuerzas.
"Buena suerte a ti también, princesa", le contestó la voz de Kaone en retumbando en su cerebro. "Trataremos de comunicarte cualquier novedad".
Keinn le ofreció el brazo para ayudarla a entrar en el castillo, donde la recogió Vadyn. Sin mediar palabra, salió a reunirse con su compañero. Tomaron los caballos y Kaone murmuró unas palabras en voz baja. Una nube de niebla los envolvió, ocultándolos a ojos hostiles, y ambos emprendieron viaje de vuelta a su hogar, esperando que no fuera demasiado tarde.

Naora se desplomó en brazos de Vadyn. Levantó hacia él su mirada hundida, como disculpándose; el jefe la tomó en brazos sin decir nada y la condujo con cuidado a sus aposentos.
—Prepara un baño caliente para la señora, y sube un cubo lleno de tierra a mis habitaciones —ordenó a una sierva.
Aunque no la había visto ejecutar ninguno de sus rituales, Ulter le había contado que la tierra le ayudaba a recuperarse, y sentía curiosidad por presenciarlo. Echó un rápido vistazo al frágil cuerpo que portaba, tan ligero como el de una niña, y sin embargo, tan lleno de fuerza. La verdad era que no pesaba nada, aunque no sabía si por efecto del desgaste que le producía hacer magia, o era así siempre. Vadyn subió la escalinata sin apenas darse cuenta de que la llevaba en brazos. Al llegar a la alcoba, la depositó con suavidad sobre la cama, y esperó a que la bañera estuviera lista. Despidió a la sierva con un gesto de la cabeza, y permaneció un rato observándola, sin saber muy bien qué hacer. ¿La dejaba allí, o la tendía en el suelo y derramaba la tierra sobre ella? Naora había cerrado los ojos, y respiraba con una especie de ronquidos jadeantes. Olía a sudor y a barro, y tenía la cara y el cuerpo pegajosos. La verdad, pensó Vadyn, es que era la mujer menos femenina que había tenido jamás entre sus sábanas.
Arrugó la nariz y se acordó de lo que le había dicho Ulter. Viéndola así de desvalida y vulnerable, resultaba complicado adivinar por qué se arriesgaba tanto por ayudar a aquellos desgraciados que ni siquiera pertenecían a su pueblo.
—Demonios —se dijo en voz baja—. Hasta mis propios hombres podrían haber hecho lo que quisieran con ella, y lo más probable es que ni se hubiera enterado.
Naora se agitó y emitió un suave quejido. Vadyn se acercó hasta rozarle los labios con la oreja, para escucharla mejor.
—¿Queréis que os tire la tierra por encima? ¿O preferís que os meta dentro del cubo? —preguntó, sintiéndose estúpido de repente.
Naora abrió mucho los ojos y esbozó una especie de sonrisa. Movió los pies, y Vadyn recordó su aversión al calzado.
—¿Las botas? ¿Queréis que os las quite?
Ella asintió. Vadyn tiró con cuidado de una bota, pero no consiguió sacarla. Sonrió confiado a Naora. Dio un tirón un poco más fuerte, pero la bota parecía empeñada en quedarse.
"Solo es una bota", pensó Vadyn. "He quitado decenas de botas".
Probó con la otra, con idéntico resultado. Pensó en colocarse sobre las piernas de la muchacha para arrancárselas, pero le pareció poco decoroso. Naora puso los ojos en blanco.
—¿Queréis hacer el favor —logró susurrar, mientras Vadyn acercaba de nuevo la oreja con delicadeza para oírla mejor— de quitarme las malditas botas?
Vadyn dio un respingo.
—¡Por todos los demonios! —gruñó, tirando con toda su alma.
Por fin las botas cedieron, y salieron disparadas hasta chocar con la pared.
—Buen trabajo, jefe —dijo Naora con un hilo de voz—. Ayudadme a ponerme de pie sobre la tierra.
Vadyn vació el cubo sobre el suelo y la sostuvo para evitar que se cayera. La muchacha tanteó el suelo con el pie, esparciendo la tierra. Vadyn se retiró a una distancia prudencial, temeroso de que la magia pudiera volverse contra él. Naora se agachó con precaución y con un dedo dibujó los extraños símbolos rodeados de círculos de distinto tamaño. Miró a Vadyn con suspicacia.
—Daos la vuelta. Tengo que desnudarme.
—¡Oh! Por supuesto —repuso Vadyn con nerviosismo.
Naora se quitó la ropa a trompicones y la arrojó sobre la cama. Volvió a advertir a Vadyn, sin acabar de fiarse y sin muchas esperanzas:
—No miréis, ¿eh?
—¿Por quién me tomáis? —preguntó él en tono ofendido.
Naora se untó el cuerpo y la melena, y comenzó a entonar su suave cántico. De espaldas a ella, Vadyn tamborileaba con los dedos sobre la pared, siguiendo la melodía. Echó un rápido vistazo, con la única intención de comprobar que todo marchaba bien. Y luego, al poco, echó un segundo vistazo, para asegurarse del todo.
Y entonces, Naora empezó a bailar con un sensual contoneo, trazando círculos con los brazos, con las caderas, con los tobillos. Dejó caer la cabeza hacia atrás, y la melena descendió en cascada sobre su espalda, acompasando los movimientos como una serpiente. Vadyn tragó saliva, sin saber dónde meterse. Aquella danza era lo más erótico que había contemplado en su vida. Su cuerpo reaccionó, endureciéndose con violencia, y tuvo que hacer un severo esfuerzo por no gemir.
El baile se volvía cada vez más vertiginoso: los giros se hacían más pronunciados, las caderas dibujaban círculos cada vez más amplios, la pelvis se ocultaba y se mostraba con descaro hacia el lugar donde Vadyn se había quedado plantado, como incitándole. Los pequeños pechos se elevaban y descendían al ritmo que marcaba su respiración acelerada. Las manos de la muchacha se agitaron en el aire con elegancia, y Naora comenzó a acariciar su blanca piel. Vadyn aferró la hoja del puñal con la mano desnuda. Estaba al límite de sus fuerzas, y una de dos: o salía corriendo de la habitación, o hacía cualquier cosa que desviara su atención de la hechicera. La primera opción no le pareció una buena idea. El filo se le clavó dolorosamente en la palma, y un fino hilo de sangre goteó sobre la alfombra, formando un diminuto abanico de manchas rojizas.
Naora dio una vuelta sobre sí misma, y luego otra y otra más. Estaba llegando al clímax. La energía volvía a ella con la fuerza de un torrente en el deshielo; notaba el poder de la magia llenando cada parte de su ser, desde las entrañas hasta la punta de los pies. Jadeó, gimió. Puso los ojos en blanco y por fin, gritó, llevada por el éxtasis. Poco a poco fue recobrando la normalidad, se acuclilló en el suelo, y esperó a que su respiración se relajara.
Vadyn se dio la vuelta tambaleándose, con la mano todavía agarrada al puñal. Exhaló un largo suspiro, y se acomodó el caftán, esperando que le tapara lo que sus pantalones delataban de forma vergonzosa.
Naora tardó un rato en centrarse y recordar dónde estaba. Keinn y Kaone cabalgaban ya lejos... El jefe Vadyn le había ayudado a preparar el ritual de sanación... El jefe... ¡el jefe lo había visto todo! Se incorporó de sopetón y estiró de una manta para cubrirse con ella. Le subieron los colores, tanto que sintió que le quemaban las mejillas.
Vadyn carraspeó.
—¿Habéis terminado ya?
—S...sí —acertó a decir, aunque sabía que él habría estado mirando por cómo se esforzaba en disimular.
—Muy bien. He ordenado que os preparen un baño. Llamaré a una sirvienta para que os ayude.
—No es necesario, gracias. Puedo arreglármelas yo sola.
—Bien, entonces... esperaré fuera. Me gustaría hablar con vos.
—Bien.
Vadyn salió de la habitación con el corazón palpitando desbocado todavía. Le llevó un buen rato serenarse. Unos minutos después, el sonido de unos pasos llegó hasta él desde las profundidades del corredor, y por fin apareció Ulter, que le sonrió de oreja a oreja.
—¡Ah, Vadyn! Justo a quien quería ver. Acaba de llegar un emisario.
—¿De verdad? —exclamó Vadyn—. Qué interesante. Ven, vamos al salón de abajo y me lo cuentas.
—Oh, no te preocupes, no te robaré mucho tiempo. Es solo que...
—Insisto, primo, aquí es difícil hablar —Vadyn le dio un empujón en el hombro para obligarle a andar—. La corriente es heladora en estos pasillos.
Ulter miró al jefe por entre las pestañas.
—¿Te encuentras bien?
En ese momento, la puerta de la habitación de Vadyn se abrió de par en par y Naora salió, con los cabellos empapados, las botas en la mano y arrebujada en una manta. Sus labios dibujaron una "O" de asombro al ver al general. Este apretó los dientes, saludándola con una ligera inclinación, y se volvió hacia Vadyn levantando una ceja.
—Supongo que ahí dentro se estaba bastante más caliente, después de todo.
Vadyn se pasó la mano por la cara.
—¿Queríais decirme algo, jefe? —preguntó Naora con la vista fija en las losetas del suelo.
—Mmm, sí. Esto... ¿vais a ir mañana a ver a los enfermos?
—Pensaba hacerlo. Aunque solo iré un rato por la mañana, para hablar con ellos. Ya he terminado todo cuanto podía hacer.
—Bien, muy bien. Ejem... Yo...nosotros, quiero decir —Ulter escuchaba con atención, divirtiéndose de lo lindo—, os estamos muy agradecidos por la tarea que habéis llevado a cabo. Estaba pensando en celebrar mañana un gran banquete en vuestro honor.
Ulter puso cara de pasmo, haciendo gestos con la cabeza. Vadyn le miró sin entender.
—Será para mí un honor que os sentéis a mi lado y... ¿qué cojones te pasa? —le gruñó a Ulter.
—Nada —contestó este con aire inocente.
—Os estoy muy agradecida, jefe. Acepto gustosa vuestra invitación.
Y diciendo esto se despidió de ambos, caminando con garbo en dirección a sus aposentos. Vadyn esperó a que desapareciera por la puerta.
—¿Qué demonios hacías con la cabeza? ¿Y qué era ese mensaje del que me hablabas?
Ulter suspiró.
—Thalore llegará mañana al castillo.
—¿Que Thalore...? ¿Qué?
El general se encogió de hombros, y se alejó por el pasillo murmurando una disculpa. El jefe se quedó muy quieto, como si acabara de caer un rayo junto a él.
Al menos, el calentón se le había pasado de golpe.
—¡Maldita sea!

VI
Thalore se revolvió incómoda en el carro. Hubiera preferido ir montada a caballo, pero su padre había insistido en la importancia de hacer una gran entrada en el castillo Kaard. Por enésima vez cambió de postura. El carro traqueteaba por el camino helado, resbalando a menudo al girar en las curvas. A pesar de la media docena de mantas que se amontonaban sobre ella, apenas sentía sus propias piernas; se daba pequeños golpecitos con las manos en los muslos para entrar el calor, sin conseguirlo.
—¿Estamos cerca? —preguntó a uno de los hombres que la escoltaban.
El jinete se encogió de hombros.
—Pregúntale a aquella campesina que va por allí —ordenó, señalando a una joven que parecía seguir su misma dirección montando un caballo bajo y desgarbado.
El jinete picó espuelas hasta ella. Thalore la observó desde la distancia, con aire de suficiencia pintado en el rostro. Vestía como un hombre, con pantalones y botas de piel negros; si Thalore no fuera tan perspicaz, la hubiera confundido.
"Bah. Campesinos".
Al alcanzar de nuevo el carro, el jinete informó de que estaban muy próximos.
—Qué mujer más rara —se permitió decir—. Tenía los ojos estrechos como alfileres y el pelo de color rosa.
Thalore sacudió la cabeza: aquello no le importaba lo más mínimo. Animada por la noticia de la pronta llegada, no obstante, se esmeró en atusarse la espléndida melena cobriza, y se alisó con las manos el magnífico vestido de terciopelo verde que vestía bajo la capa. Al doblar un recodo del sendero, el castillo Kaard se recortó contra el cielo, imponente. Thalore dejó escapar un suspiro emocionado.
—Conque este va a ser mi nuevo hogar —dijo para sí—. Desde luego, es mucho más grande que la fortaleza de mi padre.
Divisó a lo lejos figura del jefe Vadyn. Tragó saliva; la única vez que le había visto eran apenas dos mocosos. Le recordaba como un crío moreno y más bien menudo, tímido y callado. Eso era bueno, se dijo Thalore, mordiéndose el labio inferior. Esperaba que siguiera siendo más o menos igual, para poder manejarlo a su antojo. Hizo un esfuerzo y reprimió las ganas de ponerse de pie para observarlo mejor.
—Paciencia, Thalore, paciencia.

Desde el portón, Vadyn esperaba a su prometida enfundado en sus mejores galas: vestido de negro de pies a cabeza, con pantalones de piel, un elegante caftán bordado con hilo de plata y una suntuosa capa de piel de oso ajustada sobre un hombro; gruesos aros de bronce pendían de sus orejas, y del cinto colgaba su mejor espada. Se había retirado la oscura melena hacia atrás, sujetándola con una fina cinta de cuero. Una imagen absolutamente irresistible, como él mismo había comprobado antes de salir admirando su reflejo en un enorme espejo de plata, si no fuera porque el furioso ceño que lucía le confería un aspecto amenazante. Había accedido de mala gana a dar la bienvenida a la joven en cuanto los vigilantes la avistaron en la lejanía. No recordaba a Thalore, pero conocía bien a su padre, el jefe Ascin: un hombretón permanentemente enfadado y permanentemente colorado por la cantidad de vino que bebía. Recordaba su espantosa narizota surcada de venas y su horripilante cabezón calvo salpicado de pelos naranjas. Vadyn solo pedía que Thalore no se pareciera a él.
"Pero Ascin es el más poderoso de los jefes de clan... exceptuándome a mí, claro. Nuestra alianza me volverá invencible", se dijo a sí mismo para darse ánimos.
Aquí llegaba el carro.
"¿Por qué diablos no va montada en un caballo, como Naora? ¿Acaso es demasiado especial para eso?" Vadyn se sorprendió a sí mismo al hacerse semejante pregunta. Sacudió la cabeza. ¿Qué más daba cómo se desplazara Naora?
El vehículo se detuvo, y Vadyn dio un par de zancadas hasta llegar a su altura para ayudarla a bajar. La joven se había colocado la capa de tal forma que le ocultaba el rostro, con intención de sorprenderle al quitársela cuando por fin le tuviera delante.
—Mi señora Thalore, soy Vadyn de Kaard.
Thalore echó hacia atrás la capa, y su hermosa melena flotó en el aire unos instantes, lanzando destellos cobrizos. Vadyn hizo un gesto de sorpresa, que Thalore interpretó de forma muy positiva. Esbozando apenas una sonrisa, tendió su blanca mano para que él la tomara, y le lanzó una coqueta mirada con sus espléndidos ojos verdes.
—Un honor, jefe Vadyn. Mi padre os envía recuerdos, y lamenta no haber podido acompañarme. Importantes asuntos requieren su presencia en nuestras tierras, pero os hace saber que se reunirá conmigo en cuanto le sea posible.
A Vadyn se le olvidó contestar. Arrugó la nariz al ver la silueta de Naora acercándose con parsimonia por el camino. La bruja parecía tener la vista clavada en él; seguramente le extrañaría que hubiera una visita. Él, al menos, no le había contado nada al respecto.
—... viento helador, ¿no os parece? —escuchó las últimas palabras de Thalore y se sobresaltó, como si no esperara verla allí.
—Vamos adentro —dijo, tomándola del codo con poca gentileza y arrastrándola al interior del castillo.
Thalore patinó con sus elegantes botas sobre el hielo, y se hubiera caído si Vadyn no estuviera sujetándola con tanta firmeza. Nada más entrar, se zafó con malos modos y lanzó una torva mirada al jefe.
—No es necesario que me tratéis con tanta rudeza. Sé caminar por mí misma.
—Mis disculpas. No quería que os enfriarais.
Se frotó el brazo con el ceño fruncido, mientras paseaba la vista por el interior del edificio. Casi podía ver lo bien que quedarían sus coloridos tapices sobre los oscuros muros interiores.
—Si me seguís, os mostraré vuestras habitaciones, en la mejor parte del castillo.
Thalore hizo un gracioso mohín y le siguió.
Vadyn miró sobre su hombro para comprobar que Naora había entrado ya, y se sorprendió al encontrarla charlando muy animada con uno de los escoltas de su prometida.
—¿Quién es ese? —preguntó, y al instante se arrepintió de haberlo hecho. ¿Qué le importaba a él?
—¿Quién? ¿Ese que está hablando con... aquella persona de allí? No temáis, viene con mis hombres. Tiene un aspecto fiero, ¿verdad? —a Vadyn no se lo parecía en absoluto, y menos aún pensaba que fuera de temer. Era un tipo muy esbelto que lucía una larga trenza oscura—. Lo compramos al rey de Allacian. Un esclavo muy valioso, por cierto: un Jinete Estepario, un salvaje de las tierras orientales. Según dicen, son guerreros sin par. Por mi parte lo encuentro espantoso, pero mi padre se empeñó en que viniera conmigo.
—La seguridad es lo primero —gruñó Vadyn.
Naora y el Jinete Bastardo seguían hablando, y ella había proferido una sonora carcajada. El jefe no recordaba haberla visto reír hasta la fecha.
—Eso dice siempre mi padre, la seguridad es lo más importante cuando uno sale de sus fronteras. El caso es que...
Thalore siguió parloteando mientras ascendían las frías escalinatas, y Vadyn dejó de escuchar. Empezaba a dolerle la cabeza. ¿Jinetes Esteparios? ¿Guerreros sin par? Eso tenía que verlo. Se rascó el mentón antes de detenerse frente a la puerta de la alcoba de Thalore. La joven le agradeció con una sonrisa medida a la perfección, ni muy fría ni demasiado sugerente, y entró para inspeccionar sus aposentos moviendo la cadera de forma provocativa. Se giró con una mueca pícara para indicarle a Vadyn que podía cerrar la puerta.
Pero Vadyn no estaba. De pronto, le había surgido un enorme interés por conocer a la nueva guardia de su prometida.

Naora sonreía al soldado con calidez, como si fuera un viejo amigo al que no veía desde hacía años. Era más o menos de su misma edad, de ademanes orgullosos y rasgos aristocráticos, lo cual no dejaba de resultar chocante siendo como era un esclavo. Tenía los ojos algo separados y la mirada dura, los pómulos altos y un hoyuelo en la barbilla. Charlaba despreocupadamente, con una mano sin embargo descansando sobre el puñal y la otra acariciando el carcaj.
Aunque los Jinetes Esteparios no hablaban el mismo idioma que el resto del continente, las semejanzas eran tales que se entendían sin problemas.
—No sabía que las relaciones entre nuestros pueblos hubieran empeorado tanto. —El joven, que dijo llamarse Tamuin, arrugó el gesto al escuchar a Naora—. Claro que llevo tanto tiempo al servicio del jefe Ascin...
Ella movió la cabeza con tristeza.
—Nunca hemos sido buenos vecinos, hay que reconocerlo... Las últimas incursiones de los Jinetes han regado de sangre los asentamientos de la frontera. Nuestro rey lo ha intentado todo, incluso comprar la paz con oro. Pero los saqueos se intensifican y nuestro pueblo huye hacia el interior del continente.
—También sufren los que viven a nuestro lado de la frontera. Mírame a mí: fui capturado en mi primera batalla y me vendieron como esclavo.
—¿Tan joven? —se extrañó Naora—. ¿Y ya entonces te encontraron valioso para la lucha?
Tamuin se rio, mostrando una hilera de dientes blanquísimos que contrastaban con su bronceada piel.
—Nuestra fama nos precede. Aprendemos a montar a caballo antes que a andar, y poco después a disparar con el arco. Y, además —añadió bajando la voz—, en Allacian no saben distinguir a un gran guerrero de un siervo con malas pulgas.
—Todo es cuestión de apariencias, ¿no es así? —convino Naora, sonriente.
Tamuin se puso serio de repente. El jefe Vadyn había llegado hasta ellos, y se colocó junto a Naora en actitud desafiante.
—Me ha dicho tu señora que eres un guerrero sin par —le espetó a bocajarro—. ¿Es cierto eso?
—Bueno, yo...
—¿Por qué no me haces una demostración de tus habilidades en combate?
Tamuin abrió mucho los ojos.
—¿Queréis decir ahora?
—¿Por qué no? Tengo mucho tiempo hasta la hora de la cena. ¿Queréis acompañarnos? —preguntó, volviéndose hacia Naora.
—Claro, ¿por qué no? —repitió ella, molesta con los modales del jefe—. ¿Por qué no se lo decís también a vuestro general, que está allí plantado esperándoos?
—¿Por qué no? —gruñó Vadyn.

Vadyn le tendió una espada enorme, de hermosa empuñadura de bronce con incrustaciones de piedras preciosas y una hoja de casi un metro de larga. Tamuin la miró con el ceño fruncido, y se negó a cogerla.
—¿Qué pasa, guerrero sin par? No irás a decirme que tienes miedo, ¿no?
Tamuin encajó la mandíbula. No estaba dispuesto a caer en la trampa.
—Sois el jefe Vadyn, el más poderoso líder de los clanes del norte. Yo solo soy un esclavo. No pienso levantar una espada contra vos.
—¡Ja! O sea, que tienes miedo.
—Sí, jefe —al oír sus palabras, Vadyn le dedicó una sonrisa arrogante a Naora—. Tengo miedo de haceros daño y de que toda vuestra guardia se me eche encima. Contra todos a la vez, no tengo posibilidades.
La sonrisa de Vadyn se congeló en su rostro. Ulter disimuló una carcajada con un repentino ataque de tos. Naora puso los ojos en blanco, y cogió a Vadyn del brazo. Dio un respingo al notar cómo se le tensaban todos los músculos.
—Los Jinetes Esteparios no son buenos en el cuerpo a cuerpo —dijo, tratando de enfriar los ánimos—. Son excelentes arqueros, y pueden acertar a un blanco en movimiento muy lejano, incluso cabalgando de espaldas, pero siempre luchan a distancia.
Vadyn apretó los dientes. El contacto con su piel le provocaba un ligero cosquilleo. Tomó su mano con delicadeza para quitársela de encima, reteniéndola un segundo más de lo necesario. Vio que Naora tragaba saliva y se sonrojaba ligeramente.
—¡Una competición de tiro con arco, entonces! —propuso Ulter, entusiasmado—. ¿Qué te parece, Vadyn? ¡Yo también participaré!
Tamuin resopló, pero no dijo nada. Ulter fue a buscar arcos y flechas, y pidió a uno de los soldados que pululaban por el patio de armas que preparara unas dianas. Naora se acercó al jefe y siseó contrariada:
—¿A qué viene todo esto? Es un esclavo de vuestra prometida, ¿qué necesidad hay de retarle?
Vadyn se rascó la cabeza, incómodo.
—¿Prometida? ¿Quién os lo ha dicho? ¿Ha sido Ulter?
La bruja notó una extraña sensación de frío en el estómago cuando oyó la palabra "prometida" en labios de Vadyn.
"Qué tontería", pensó. ¿Por qué habría de importarme?"
Estaba a punto de contestar cuando llegó Ulter a la carrera y le tendió un arco al jefe. Este se lo arrebató de malos modos, mirándole con cara de pocos amigos.
—¿Qué? —preguntó el general, confuso.
—Si me lo permitís, jefe... —interrumpió Tamuin—. Podemos estar aquí hasta que anochezca disparando a las dianas. Seguro que sois tan buenos como yo.
—Demasiado fácil para el guerrero sin par, ¿eh? —dijo Vadyn—. ¿Qué propones tú entonces?
Tamuin se cuadró, enseñando los dientes.
—Yo propondría olvidarnos del asunto. Pero, ya que insistís, ¿por qué no hacer la prueba a caballo? Podemos salir desde donde están aquellos árboles —indicó con la mano dos grandes robles que se alzaban una veintena de metros más allá—, y galopar hasta aquella zona. Hay suficiente distancia para una buena carrera. Tres flechas, una por cada diana. ¿Os parece bien?
El tono de Tamuin había cambiado, volviéndose abiertamente desafiante. Todos lo percibieron, y el jefe más que ningún otro. Una sombra siniestra oscureció la mirada de Vadyn.
—Sea —contestó con la voz ronca.
Ulter se pasó una mano por la cara.
—Ya empezamos —murmuró. Al ver la expresión confundida de Naora, añadió—, espero que no tengamos que lamentar nada dentro de un rato.

El general fue el primero en realizar la prueba. Con el caballo trotando a un paso bastante cómodo, lanzó su primera flecha, que se clavó a poca distancia del centro de la diana.
—¡Más rápido, bastardo tramposo! —rugió Vadyn.
Ulter hincó espuelas y el animal ganó velocidad; lanzó la segunda flecha, que se perdió por encima de la diana. Cuando llegó a la tercera, no había tenido tiempo de preparar la última flecha y aminoró el paso hasta detenerse. Se encogió de hombros al dar media vuelta, esbozando una sonrisa azorada. Vadyn clavó sus ojos en él con expresión furiosa.
—Si son los galones lo que te pesa, lo arreglaré pronto. Ahora vas tú, guerrero sin par.
Tamuin montó de un salto, sujetando cuatro saetas con la boca. Al pasar junto a Naora le hizo una pequeña reverencia y salió disparado hacia delante tensando la cuerda. Lanzó la primera flecha, que impactó con un sonido sordo en el centro del objetivo.
Vadyn arrugó la nariz.
—Buen tiro —dijo a secas.
Antes de que se escuchara el primer impacto, una segunda flecha rasgaba el aire con un silbido, y fue también a acertar en el centro. Plop.
—Pura suerte —gruñó Vadyn entre dientes.
Tamuin preparó la tercera flecha con la velocidad de un halcón. Disparó. En cuanto soltó la cuerda, Vadyn profirió un grito feroz y salió como una exhalación con el arco listo. La tercera flecha también dio en la diana.
Tamuin dio la vuelta al caballo sin frenar su galope, en dirección a Vadyn. El jefe acertó el primer disparo, y sonrió con arrogancia mientras preparaba el segundo. Tamuin pasó junto a él encorvado sobre el cuello del animal. Sus miradas se cruzaron durante un segundo.
Lanzó la segunda flecha. En ese momento, Tamuin se giró hacia él y disparó, de espaldas, una cuarta saeta. El dardo vibró en el aire. Naora se mordió la cara interior de la mejilla, y Ulter puso los ojos como platos al darse cuenta de lo que acababa de hacer Tamuin.
Su flecha atravesó en el aire la del jefe, partiéndola en dos. Una lluvia de astillas salpicó el suelo helado.
—¡Condenación! —gritó Vadyn deteniéndose tan de golpe, que casi sale proyectado por encima del caballo—. Pero, ¿cómo rayos has podido hacer eso?
Naora no pudo reprimir una enorme sonrisa que iluminó su pálido rostro.
—Pero...pero...¡eso ha sido...! ¡Ha sido...! —Ulter corrió a recoger los restos de las flechas, admirado.
Vadyn desmontó y se acercó hasta él. Se agachó para ver con sus propios ojos la flecha de Tamuin clavada en lo que había sido la suya y negó con la cabeza. Se volvió hacia el jinete, que le miraba altanero desde su caballo.
—Por todos los demonios, muchacho. Nunca había visto nada igual, lo reconozco. Eres justo vencedor.
Puede que Vadyn se hubiera sentido afrentado hacía un rato, pero el guerrero que había en él se descubría ante la proeza que acababa de presenciar. Tamuin hizo una mueca de desdén y se alejó a paso tranquilo. Sin creérselo aún del todo, Ulter fue tras él para felicitarle por su gesta.
Naora dio unos pasos hasta el jefe, que observaba cómo se marchaba el jinete. Luego su mirada se clavó en ella y se le ensombreció el semblante. Prodigioso o no, el caso era que él, el jefe Vadyn de Kaard, había retado a un esclavo para ponerle en su sitio, y había terminado mordiendo el polvo. Se pasó una mano por el pelo y resopló, imaginando las palabras de burla que vendrían a continuación.
Naora observó su imponente perfil recortado contra los negros muros del castillo. Repasó con la vista las duras pero hermosas líneas de su mandíbula cuadrada, las hondas cicatrices trazadas en el rostro, los ojos oscuros como una pesadilla, que disimulaban su abatimiento fingiendo altivez. Unas gotas de sudor descendieron con lentitud desde su frente y se precipitaron al suelo saltando desde su nariz rota. El aullido del viento se colaba entre las ramas desnudas de los árboles, creando una atmósfera fantasmal. Aunque Vadyn trataba de mantener una pose orgullosa, ella sabía que se sentía humillado. Los poderosos músculos se agitaron bajo la fina tela del caftán cuando el jefe levantó su espada del suelo para envainarla de nuevo.
Unas semanas antes, unos días antes incluso, a Naora le habría molestado su actitud: al fin y al cabo, él mismo se lo había buscado. Pero, por alguna razón, al verlo allí plantado, solo, avergonzado de sí mismo, sintió una punzada de lástima. Sobre todo, porque una pregunta impertinente planeaba sobre su cabeza: ¿se había comportado así por ella?
—Ha sido digno de ver —susurró, mirándole a los ojos.
Vadyn bufó e hizo ademán de marcharse. Naora le retuvo, rozándole el brazo con la punta de los dedos.
—Me alegro de que os haya parecido tan admirable —dijo él, escupiendo las palabras—. Tampoco yo había visto un disparo así antes.
—Oh, no me refería a eso —ella hizo un gesto con la mano, restándole importancia—. Todos los Jinetes Esteparios saben hacer trucos como ese. Lo he visto cientos de veces.
—¿Ah, sí? —preguntó Vadyn con recelo—. ¿De qué demonios estáis hablando, entonces?
Naora avanzó un paso más, colocándose un poco demasiado cerca. Vadyn pudo sentir el calor de su aliento cuando le contestó.
—De la nobleza que habéis demostrado poseer al reconocer que un esclavo os había derrotado. No hay muchos hombres capaces de hacerlo.
Vadyn se puso tenso. Aunque sus palabras le habían calado hondo, su cercanía le estaba poniendo nervioso. Quiso responder algo mordaz, pero se había quedado sin habla. Naora esperaba a que dijera algo, traspasándole con sus finos ojos, respirando de forma entrecortada y con los labios ligeramente entreabiertos. Vadyn sintió una incómoda palpitación en la entrepierna. Una repentina ráfaga de viento empujó los cabellos rosados hacia él, y aspiró con fuerza su desconcertante aroma a tierra. El olor le trajo recuerdos del ritual mágico de curación, y del frágil cuerpo de Naora contoneándose sensual lamido por la luz cobriza del fuego...
Vadyn extendió una mano hacia ella, y la atrajo hacia sí con delicadeza agarrándola de la cintura. Sin oponer resistencia alguna, Naora se dejó caer contra su cuerpo de titán, mientras cerraba los ojos, y le ofrecía su boca jadeante. Vadyn rozó los labios de terciopelo con la punta de la lengua, recorriendo su contorno con delectación, saboreándola despacio. Naora se puso de puntillas y hundió su lengua en él; Vadyn resopló y comenzó a besarla con ardiente deseo. Sus manos descendieron un poco más, hasta el trasero, y lo presionó con fuerza apretándola contra él. Naora le enterró los dedos en la melena. Su corazón latía desbocado, golpeando tan fuerte en el pecho que temió que él fuera a notarlo. Ninguno de los dos intentó separarse; las lenguas se enredaban reconociéndose mutuamente. Naora gimió, y aquello fue más de lo que el jefe podía soportar...
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se separó de ella, sujetándole la barbilla con la mano. Sus ojos la miraban turbios por el deseo. Encajó la mandíbula, respirando pesadamente por la nariz.
—Yo...lo siento. No pretendía ofenderos... Yo...no sé qué ha podido ocurrirme —consiguió balbucir.
Naora tardó unos segundos en reaccionar. Apartó la vista, sonrojada y confusa.
—Yo... disculpadme vos a mí. No suelo... yo no... —Vadyn apretó los dientes al escucharla, sintiéndose culpable por su azoramiento—. Yo no soy así.
Se apartó con brusquedad sin levantar la vista del suelo.
—Disculpadme, jefe.
Echó a andar hacia el castillo muerta de vergüenza. Vadyn la observó marchar, refrenando a duras penas las ganas de salir corriendo detrás. Naora hizo un gesto con la cabeza, se llevó la mano a la cara y extendió los dedos, como sacudiéndose algo.
"Sacudiéndose las lágrimas. Por todos los muertos. Pero, ¿qué clase de bastardo estoy hecho?".
Continuó un buen rato allí donde estaba, soportando el azote del viento que le golpeaba proyectando esquirlas de hielo procedentes de las montañas nevadas. No sabía muy bien qué hacer: no le apetecía entrar al castillo, y sin duda sería un error tratar de aclarar las cosas con la bruja. Thalore acababa de llegar y pronto su padre anunciaría el casamiento a todos los clanes vecinos. No podía permitirse romper una alianza tan valiosa, y mucho menos, enemistarse con el único clan que podía hacerle sombra. Decidió ir a los establos a por un caballo y salir a montar hasta que cayera la noche. Evitó el camino de la aldea: no quería pasar por delante de los apestados, que ya no lo eran, y que algún cretino le recordara lo maravillosa que había sido Naora con ellos.
Se lanzó al galope con su mejor animal, levantando la nieve con el furioso batir de sus patas. No volvió la vista hacia el castillo.
Si lo hubiera hecho, habría visto el hermoso rostro de Thalore apoyado en uno de los ventanales, contraído de furia, observándole partir.

VII
Naora se incorporó de un salto cuando oyó que alguien llamaba con sigilo a su puerta.
"¿Será él?", pensó, y se sintió estúpida por ello.
Abrió sin hacer ruido. La luz de la luna se filtraba bajo los postigos de las ventanas, y el fuego llameaba con viveza desde la chimenea. Aparte de eso, no había ninguna otra luz, y las sombras se proyectaban largas e inquietantes contra las paredes de piedra.
Unos ojos rasgados la contemplaban desde la oscuridad del corredor.
—¿Tamuin?
—¿Puedo pasar? —preguntó en un susurro.
Naora se hizo a un lado, y el Jinete Estepario se coló en la habitación como una sombra más. Se inclinó haciendo una profunda reverencia.
—Princesa Naora, os ruego con toda humildad que me disculpéis por mi actitud anterior. Me he dejado llevar por el orgullo, y eso es algo imperdonable.
Naora retrocedió un par de pasos, asustada.
—"¿Princesa Naora?" ¿Quién eres tú, Tamuin?
—No temáis —pidió él, mostrando las manos abiertas para tranquilizarla—. Soy un espía de vuestro hermano Atori.
Naora negó con la cabeza, sin creer sus palabras.
—Atori nunca me dijo nada de ningún espía. Además, tú mismo me dijiste que fuiste comprado en Allacian y que...
—Me vendieron en Allacian, sí. Pero fue uno de los hombres de Atori quien lo hizo. Nada de capturas, ni saqueos. Fui criado en las provincias orientales. Soy un mestizo.
—Entiendo...
Naora no quiso saber más sobre sus orígenes. Ni a los Jinetes Esteparios ni a su propio pueblo les gustaba mezclarse. Los mestizos solían ser hijos de madres violadas durante los saqueos, o durante las expediciones de castigo.
Tamuin se pasó la lengua por los dientes.
—¿No os pareció demasiado teatral?
—¿Te refieres a lo de la flecha? —Naora sonrió con tristeza—. Me lo creí, la verdad. Sé de lo que son capaces los Jinetes...
Tamuin se puso serio.
—No me conviene que nadie en el castillo sepa quién soy. A Atori le viene bien que sirva en las filas de un jefe bárbaro, y cuando Vadyn y Thalore se casen —si Tamuin se fijó en la mueca de dolor de ella, no dio muestras de haberlo hecho—, el nuevo clan será demasiado poderoso. Atori no cree que los bárbaros decidan atacar a tu pueblo, pero siempre conviene ser prudentes. Yo solo quería disculparme por la escena con el jefe.
Hizo una nueva reverencia para despedirse, y desapareció como por arte de magia en la penumbra del pasillo.
Bueno, tal vez fuera magia, pensó Naora.

Se acercaba la hora de bajar a cenar, aunque la verdad era que no le apetecía en absoluto. No entendía muy bien lo que le pasaba, pero se sentía vacía por dentro, pequeña y sola. De pronto, la misión que le había encomendado Atori se le antojaba increíblemente grande para ella, y ni siquiera contaba con el apoyo de sus amigos, Keinn y Kaone. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Estaría enamorándose? La sola idea le pareció absurda. Nunca en su vida se había enamorado, y su papel en las provincias orientales era demasiado importante como para hacer el tonto...
Claro que, ¿qué otra cosa podía ser si no? Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro impenetrable de Vadyn mirándola con deseo, y todavía recordaba el sabor de sus húmedos besos sobre sus labios.
"Estúpida".
Había visto a la hermosa Thalore llegar en el carro. Incluso despeinada y poco aseada tras un viaje agotador, su belleza deslumbraba, algo de lo que ella era plenamente consciente. Se miró en el espejo con un nudo en la garganta. La trenza rosácea colgaba lacia sobre uno de sus huesudos hombros. Su cuerpo, desgarbado y quebradizo, nunca podría competir con la lozana esbeltez de Thalore. ¿Qué hombre se fijaría en ella pudiendo fijarse en la hija del jefe Ascin? Ninguno en sus cabales, desde luego, pensó con amargura. Y menos aún un hombre como Vadyn.
—Harán una pareja perfecta —sollozó—. Y tendrán unos niños preciosos.
Lo tenía clarísimo: no le apetecía nada ir a cenar.
Sin embargo, no podía permitir que sus deseos comenzaran a imperar por encima de la razón. Así que, sintiéndolo mucho, tomaría un baño, se vestiría con su traje más elegante, y se reuniría con la flor y nata de los clanes bárbaros.

Aquella prometía ser una velada como pocos recordaban en el clan Kaard. La enorme mesa de piedra se había engalanado con ricos manteles traídos de Allacian; la vajilla de plata refulgía reflejando la luz de decenas de antorchas colgadas de las paredes. Un grupo de músicos había sido traído de Kayln, un pueblo situado a tres jornadas de camino, famoso por el talento de sus artistas. Sobre la mesa se acumulaban platos de carne asada, pasteles de verduras, nidos de exóticas frutas y todo tipo de dulces. El vino y la cerveza corrían con generosidad de mano en mano.
Vadyn ocupaba el lugar central de la mesa, como correspondía al jefe del clan, y a su derecha, la bella Thalore, embutida en un suntuoso vestido de terciopelo azul, resplandecía atrayendo todas las miradas. A pesar de encontrarse de un humor de perros, tenía que reconocer que era la mujer más hermosa que había conocido. Sus carnosos labios destacaban como amapolas en la inmaculada blancura del rostro; los enormes ojos verdes sonreían con picardía, bajo unas cejas que parecían dibujadas con pincel. Un joven guerrero bromeó con ella, y Thalore estalló en carcajadas, agitando su melena de seda y subiendo y bajando los enormes pechos cada vez que reía. Vadyn la miró de refilón, torciendo el gesto. El muchacho sonreía con expresión mansa, sin lograr apartar los ojos del indecoroso escote. Vadyn le gruñó para recordarle cuál era su sitio, y el joven se alejó, murmurando torpes excusas y enrojeciendo hasta las orejas.
—¿Os estáis divirtiendo, Thalore? —preguntó, con la voz un tanto pastosa por efecto del vino.
—Mucho, mucho. Me encantan este tipo de banquetes. La música es un poco acelerada para mi gusto, pero por lo demás todo está perfecto. La elección de la comida, quizá, podría mejorarse, no es que haya mucha variedad. Aunque supongo que es normal cuando no hay una mujer que se encargue de estos temas —Thalore le sonrió con frialdad, y se dio cuenta de que no le estaba prestando atención—. Y vos, ¿estáis disfrutando? ¿Echáis de menos a alguien, quizá?
Vadyn nunca usaba copas: el cuerno del clan de Kaard pasaba de generación en generación, cada vez más pringoso, como recordatorio de lo dura que había sido en tiempos la vida en las tierras bárbaras. Cada palmo del terreno que hoy era suyo, recordaban siempre los jefes de Kaard, había sido ganado con acero y fuego. La vieja costumbre de beberse la sangre del jefe enemigo muerto en combate había dejado de practicarse hacía tiempo, pero el cuerno seguía allí, por si alguna vez a alguien le apetecía restaurar las tradiciones de los tiempos antiguos. De momento, Vadyn se conformó con rellenar el cuerno de cerveza y echárselo al cuerpo de un trago. Paseaba los ojos vidriosos por la sala oyendo de lejos la empalagosa voz de su prometida, sin entender muy bien lo que decía.
Estaba sirviéndose más cerveza cuando Ulter se sentó a su lado y le atizó un buen manotazo en el hombro que le hizo perder el equilibrio. Echó mano al borde de la mesa para no caerse, derramando varias copas y un plato de asado sobre el suelo. Thalore chilló enfurruñada cuando la salsa le salpicó el bajo del vestido.
—Pero, bueno, jefe, ¿te has bebido tú solo toda la cerveza del castillo? —le recriminó Ulter, ayudándole a sentarse recto.
—No seas imbécil. Estoy perfectamente. ¡Vosotros! —bramó, dirigiéndose a los músicos—. ¡Tocad alguna cosa alegre! ¡Mi prometida tiene ganas de bailar!
Thalore sonrió coqueta.
—Un auténtico caballero, sin duda, como siempre decía mi padre. Me habéis leído el pensamiento, jefe Vadyn, ahora mismo...
—¡Ulter! Maldito bastardo, saca a bailar a mi prometida —gruñó, agarrando al general del cuello del caftán.
Thalore no perdió la sonrisa, pero sus ojos se congelaron con odio. Dedicó una pequeña reverencia a su pareja de baile y le tomó del brazo, contoneándose hasta la parte central del salón. Varias parejas más se sumaron, y pronto formaron una barrera de gente que se interponía entre Vadyn y la joven. El jefe apoyó la frente sobre la mesa, y descubrió que era una postura de lo más cómoda para terminar de pasar la velada.
"¿Por qué no habrá querido venir?", se preguntó con aire lastimero.
—¿Dónde debo sentarme, jefe?
Vadyn dio un respingo al oír la voz de Naora, pero no se movió.
—Será mejor que no te sientes, bruja... Vete a bailar con el guerrero sin par, si es que está por ahí. Aunque no sé si estará... porque no lo he invitado.
Se le trababa la lengua al hablar. Naora hizo una mueca de asco al oírle.
—Estáis borracho como una cuba. Debería daros vergüenza, emborracharos delante de vuestra prometida.
—¿Quieres que te ddd... que te diga lo que me importa lo que piense de mí... mi prometida?
Naora se quedó perpleja. Eso no era lo que esperaba oír.
"El vino le está afectando más de lo que pensaba".
Se cruzó de brazos, mientras Vadyn seguía protestando por lo bajo algo sobre una música horrible, un cuerno nuevo para el jefe Ascin y lo mala persona que era. Naora no tenía ganas de aguantar tonterías, así que se sentó sola delante de un suculento plato de carne asada. Buscó a su alrededor, pero no parecía haber cubiertos. Muy típico de los bárbaros, se dijo, tener vajilla de plata pero comer con las manos. Levantó la vista, indecisa, y pronto se dio cuenta de que nadie le prestaba la más mínima atención. La mayoría de los presentes, o estaban borrachos o estaban bailando, o las dos cosas a la vez, y siendo Thalore el centro de atención, podía estar segura de que iba a pasar totalmente desapercibida.
Cuchillos sí había, se percató, y en abundancia, así que cortó un trozo más o menos pequeño, lo cogió con la mano, y empezó a mordisquearlo. La verdad es que, bárbaro o no, estaba delicioso. Se le escapó un poco de salsa, y se pasó la lengua por los dedos mojados. Hizo un mohín travieso, y sonrió de oreja a oreja. Después de todo, los modales de los bárbaros resultaban liberadores.

A varias zancadas de distancia, el jefe Vadyn la observaba con los ojos de par en par. ¿Esa mujer era Naora? ¡Por todos los demonios! Si no fuera por la melena, no la habría reconocido.
"Eso...eso es lo bueno de tener un pelo tan raro", pensó estúpidamente. "Así nadie te confunde".
Naora había cambiado sus ropas de viaje por un delicado vestido de seda rojo, ceñido por un fajín color oro, que acentuaba de forma discreta sus suaves curvas. La forma del vestido era muy diferente a cualquiera que conociera Vadyn, y eso que él era un auténtico experto en quitar todo tipo de vestidos a las mujeres. Las mangas eran tan anchas que le llegaban hasta la cadera; no tenía escote, sino un cuello alto con dos botones plateados en un lado. La contempló embobado. ¿Por qué hasta entonces no se había dado cuenta de lo hermosa que era? Su belleza no tenía nada que ver con la de Thalore: de una manera discreta, Naora tenía una elegancia de la que las vertiginosas curvas de su prometida carecían por completo. Se escuchó una carcajada estridente desde el otro extremo de la sala, y Vadyn vio a Thalore sufriendo una especie de ataque de risa, rodeada de varios guerreros que se la comían con los ojos. A pesar de que lo veía todo entre brumas, el jefe comprendió que la preciosa Thalore nunca gozaría de la serena belleza de Naora. Trató de ponerse de pie, pero trastabilló un par de veces y fue a parar de bruces contra el suelo. Naora se levantó de un salto y se arrodilló junto a él.
—Demonios —juró Vadyn—. Alguien ha dejado todo el suelo lleno de charcos de vino.
Naora torció el gesto.
—¿Por qué no os vais a la cama?
—Lo haré si vienes conmigo —respondió, juguetón.
—A la cama, pero a dormir la mona. Yo puedo acompañaros hasta la puerta, esto es todo.
Cogió a Vadyn del brazo para ayudarle a ponerse de pie, pero pesaba demasiado para ella.
—¿Por qué no colaboráis un poco? —refunfuñó.
—Maldición, si no lo hago —gruñó Vadyn a modo de respuesta.
Avanzando a trompicones, abandonaron el bullicio del salón y llegaron hasta la hermosa puerta tallada de la habitación del jefe.

Vadyn se dejó caer sobre la cama como si acabara de realizar un esfuerzo terrible. La habitación le daba vueltas, y el vestido rojo de Naora parecía un abanico de seda desplegado en torno a toda la estancia.
—Debería dejaros en este estado tan lamentable como castigo —dijo Naora.
—No serviría de nada. No es la primera vez que me pasa... y no parece que haya aprendido mucho, ¿eh? ¿Por qué no me ayudas a quitarme esto?
Dio un par de tirones al cuello del caftán para sacárselo. Naora no se movió. Vadyn luchó un buen rato hasta que por fin pudo arrancárselo, y lo lanzó con furia al suelo. Se tumbó bocabajo con la cabeza colgando fuera de la cama, gimiendo preso de un gran dolor.
Naora puso los ojos en blanco. Se sentó junto a él, con la espalda recta como un palo, y le colocó una mano sobre la espalda. Los músculos se contrajeron de manera involuntaria, y los tatuajes parecieron moverse.
—¿Vas a curarme? —preguntó Vadyn, sin mucha esperanza.
—No puedo curaros puesto que no estáis enfermo —repuso ella—. Puedo echaros una manta por encima, y pedirle a alguno de vuestros hombres que haga guardia frente a la puerta para que no os moleste nadie. Pero nada más.
Se levantó para irse, pero Vadyn la atrapó por la muñeca y se incorporó, sentándose junto a ella.
—Espera. Quédate un rato conmigo.
Naora dudó.
—¿Para qué?
—Quería decirte que... yo... siento lo que ocurrió antes en el patio. Está claro que fue un grave error. No entiendo qué me pudo ocurrir.
En cuanto las palabras salieron de su boca, se dio cuenta de que no había sido una buena idea decirlas. Además, tampoco era eso exactamente lo que quería decir.
—¡Ja!—Naora le miró con expresión herida—. ¿No os habéis cansado aún de burlaros? ¿Tan desagradable os parezco como para llamarme "error"?
—¡No! Yo... lo que quiero decir es...
—¡Sé perfectamente lo que queréis decir! "No entiendo qué me pudo ocurrir" —repitió, imitando su voz—. "Me daría algún golpe en la cabeza con el arco, y cometí el error de besaros". ¡Pues sabed, cretino presumido, que yo también os considero un error! ¡La equivocación más absurda que he podido cometer en la vida! ¿Un patán como vos? ¿Conmigo? ¿Una princesa oriental? ¿Tenéis acaso algo que ofrecer más allá de vuestra apostura? ¡No hay nada que merezca la pena en vos! ¡Nada! ¡Descansad a gusto, jefe!
Levantó la mano con intención de abofetearle, pero Vadyn la interceptó a escasos centímetros de su rostro.
—Estás equivocada conmigo, Naora—su voz sonaba ronca, y arrastraba las letras al hablar—. No soy ese patán engreído que imaginas, aunque no me extraña que lo pienses. Perdóname si te he ofendido con mis palabras, no se me da muy bien hablar. Lo que quería decir es que... jamás consideraría un error haberte besado. El error fue creer que alguien como yo pudiera ser... ¿cómo se dice?... ¿digno? Creer que alguien como yo pudiera ser digno de besar a alguien como tú.
La mano de Naora quedó suspendida unos segundos en el aire cuando él la soltó. Tragó saliva sin saber muy bien qué decir. Estaba claro que a Vadyn le había costado un tremendo esfuerzo soltar semejante discurso. Y sin embargo, ¿estaría siendo sincero?
—¿Por qué debería creeros? —preguntó desconfiada.
Vadyn no contestó. Extendió un dedo para acariciarle la barbilla, y le inclinó con suavidad la cara hacia un lado. Naora dio un respingo. Con la punta de los dedos le rozó los párpados, para que cerrara los ojos, y se acercó lentamente a ella. Naora sintió su respiración, cálida y acelerada, y el leve contacto de su boca. Vadyn enterró una mano en su melena y la atrajo hacia sí, separando los labios para recibirla con un apasionado beso. Buscó la lengua con la suya, recorriéndola con urgencia, descubriendo su exótico sabor. Ella echó la cabeza hacia atrás, y él le mordisqueó la barbilla, ascendió por la línea de la mandíbula, y atrapó el lóbulo de su oreja, dándole tiernos pellizcos con los labios.
Naora se levantó para sentarse a horcajadas sobre sus muslos. El vestido se abrió, mostrando sus piernas, que lucían unas brillantes tobilleras de plata con forma de flores. Vadyn seguía besándola; se apretó contra él y sintió la presión de su verga endurecida contra el vientre. Para ser un error, no estaba tan mal, pensó.
Vadyn desabrochó los botones del cuello con cuidado mientras Naora deshacía el fajín, y la seda se desparramó a su alrededor. Una finísima pieza de seda blanca, casi transparente, era lo único que cubría su delicado cuerpo desnudo. Él jadeó al ver las suaves curvas de la cintura y las caderas, con los pequeños pechos sobresaliendo por la prenda interior. La dejó en la cama, sobre la tela roja, y se tumbó a un lado.
Naora le observó con los ojos entrecerrados: el deseo enturbiaba su mirada, las duras facciones del rostro se contraían con la tensión de mantener a raya la ansiedad por hacerla suya.
"Un error", pensó ella. "Un error que pagaré caro algún día".
Pero no tenía fuerzas, ni ganas, de rechazarle. Jamás había experimentado la avalancha de sensaciones que la asaltaba en ese momento. Todo su cuerpo quemaba bajo sus caricias; un reguero de besos ardientes la cubría desde el cuello hasta los pechos, que él sujetaba como si fueran a romperse, mientras los lamía con entrega, atrapándolos con los labios, recorriéndolos con la lengua. Arqueó la espalda ofreciéndoselos, presa de un acuciante deseo que crecía más y más.
Vadyn continuó sus caricias hacia abajo, provocándole estremecimientos de placer cuando le rozó el vientre. Su mano descendió hacia las piernas, donde jugueteó un rato con los muslos, y luego se introdujo entre ellos. Naora se quedó helada. ¿De verdad estaba dispuesta a entregárselo todo?
El jefe percibió su vacilación.
—Puedo parar cuando quieras —susurró.
"Pero di que no, por favor".
—Yo... no quiero...es decir, no puedo darte... mi...
Vadyn la besó en el cuello. Naora luchaba por encontrar las palabras adecuadas pero estaba muerta de vergüenza.
—No tomaré nada que no pueda devolverte —prometió sonriendo de medio lado—. ¿Es eso lo intentas decirme?
—Mmm... sí, justo eso.
Esbozó una dulce sonrisa, entre tímida y provocativa, que tuvo un efecto devastador en él.
"Me va a costar no hacerlo", pensó.
Sus dedos volvieron a perderse entre los muslos de Naora, y fueron ascendiendo poco a poco, hasta notar su cálida humedad. Vadyn la acarició, mientras continuaba devorándola a besos, en suaves círculos. Separó los pliegues con delicadeza; la respiración de Naora se había vuelto entrecortada; con los ojos cerrados, alzó de forma inconsciente la cadera hacia él. Vadyn la penetró con el dedo, observando la reacción de su precioso rostro. Ella se lamió el labio superior dejando escapar un jadeo. Siguió penetrándola así, trazando círculos en su interior. Naora gimió un poco más fuerte, y Vadyn tuvo que morderse el puño para controlarse. Le dolía la verga de lo duro que estaba, pero no quería abalanzarse sobre ella como un animal en celo. Si quería que las cosas salieran bien, tenía que ir despacio. Claro que, pensó con una súbita punzada de dolor, por muy bien que fueran las cosas, no había ningún futuro posible entre ambos.
Los jadeos de Naora le devolvieron a la realidad. Presionando con la palma en su sexo, la penetró con más velocidad. Naora encogió una pierna y se agarró a su vestido de seda. De pronto, una sacudida que nació en sus entrañas recorrió todo su cuerpo estallando como miles de cristales a la vez. Se mordió la muñeca, gritó. Una corriente brutal de energía la atravesó, llenándola con un poder desconocido que nunca antes había experimentado. Volvió a gritar. Vadyn sonrió, satisfecho consigo mismo.
Pero entonces Naora abrió los ojos con terror.
—¿Qué... qué me pasa? —preguntó.
—Oh, no te preocupes. Es una reacción natural de tu cuerpo cuando... ¡demonios!
Dio un salto hacia atrás. La piel de Naora se había iluminado con una luz rojiza que serpenteaba por sus brazos y sus piernas.
—¡Vadyn! ¡Ayúdame! —gritó aterrada.
—Pero... ¿qué hago? —preguntó Vadyn.
Los ojos de Naora se habían vuelto totalmente negros.
—¡No veo nada! —gimió—. ¿Dónde estás?
Extendió los brazos hacia delante como alguien que busca su camino en medio de la oscuridad. Él la cogió de la mano.
—¡Por todos los...!
La mano de Naora le abrasó la piel, y se oyó un chisporroteo, pero se obligó a no soltarla.
—Estoy aquí... estoy aquí, preciosa. No tengas miedo.
El tono ronco de Vadyn la relajó, y comenzó a respirar con más calma. El color negro de los ojos fue desapareciendo poco a poco.
—Ya... ya vuelvo a ver...
El brillo de la piel fue apagándose, y la mano dejó de quemar.
—Ya...ya... mejor... —acertó a decir.
Se acurrucó contra el musculoso pecho de Vadyn, y este le acarició la melena con ademán protector.
—Por toda la magia... ¿esto es lo que ocurre siempre cuando...?
—¡Ni hablar! —contestó él, con cara de espanto—. Es la primera vez que he visto algo así, y mira que yo he visto...
—¡Bueno, bueno!—protestó ella con un hilillo de voz—. Me hago idea...
Vadyn sonrió sin decir nada más. A pesar del susto, se encontraba de maravilla allí, con Naora apretujada contra él, observando el baile de las llamas en la chimenea. Continuó acariciándola un buen rato, hasta que la barbilla de la muchacha resbaló hacia abajo, y comprendió que se había quedado dormida. Con cuidado, la cogió en brazos y la tumbó en la cama, arropándola con una manta de pieles. Ella suspiró, pero no se despertó. Se acostó a su lado, con los brazos cruzados sobre el pecho y mirando más allá de los muros del castillo.
¿Qué demonios había ocurrido? ¿Sería algo normal entre brujas? Claro que ella tampoco tenía ni idea de lo que había podido ser...
Fuera lo que fuera, por suerte se había pasado pronto. ¿Sería igual la próxima vez? Ante sus propios pensamientos, Vadyn sacudió la cabeza, sintiendo un nudo en las tripas. ¿Acaso seguía borracho? No podía haber una próxima vez. Naora no era para él: el destino de su clan dependía de la boda con Thalore. Si rompía la palabra dada, el jefe Ascin se levantaría en armas. Cierto era que los Ascin caerían derrotados ante el clan de Kaard, pero aun así, las guerras siempre eran guerras, y lo único que traían era dolor y muerte. Gente que moriría porque él no cumplió su promesa de casarse. ¿Tenía derecho a hacer algo así?
No hacía falta contestar.
Cualquiera conocía la respuesta.
Se dio media vuelta hasta quedar frente a Naora. La muchacha roncaba suavemente, y una mueca de preocupación ensombrecía su rostro. Vadyn le retiró un mechón de pelo que le caía sobre los ojos, y ella deslizó un brazo por encima de él. Gruñó. Por todos los demonios, si alguna vez se había sentido tan a gusto en la vida, en ese momento era incapaz de recordarlo.
Cerró los ojos, y al poco se quedó profundamente dormido.

VIII
Naora recorría uno de los nueve puentes de alabastro que cruzaban el río Circular. Una tibia brisa transportaba hasta las provincias orientales el aroma dulzón de las orquídeas salvajes que florecían más allá del Gran Palacio. El cielo se teñía de púrpura con pereza, mientras los graznidos de los pájaros despedían los últimos retazos de un día moribundo.
Se detuvo en la parte más alta del puente para observar su propio reflejo. Las aguas del río Circular le devolvieron la imagen atemporal, envuelta en neblina, que siempre le mostraban en sus sueños. Con la vista clavada en el atuendo de sacerdotisa que lucía, esperó en silencio la llegada de su hermano.
"Naora". Como solía ocurrir también en sus sueños, nadie hablaba. Sólo pensaban, y escuchaban dentro de su mente.
"Atori. ¿Por qué me has llamado?", preguntó ella sin atreverse a levantar la vista.
"Naora, mírame".
Naora se dio la vuelta con lentitud. El corazón le dio un vuelco cuando vio el rostro magullado de su hermano. Su túnica de gran sacerdote estaba salpicada de sangre.
"¿Qué te ha ocurrido, hermano?"
Quiso avanzar hasta él, pero Atori retrocedió; los dedos de sus pies apenas rozaron la blanca superficie del suelo. Los sueños servían para comunicarse, pero no se podían tocar. Eran las reglas.
"Los Jinetes no nos dan tregua. Pero no te he convocado por eso".
"¿Ah, no? ¿Por qué entonces?"
Atori sonrió con tristeza.
"¿Te has portado bien, Naora? Kaone me ha dicho que sintió un gran despliegue de poder procedente de ti. No sabe lo que es, y teme que estés en peligro. Yo me imagino lo que es, y temo que estés en peligro. No hace falta que me des detalles, no me interesan. Solo he venido a prevenirte."
"No sé de lo que estás hablando".
"No te atrevas a mentirme, Naora. Sabes bien que tu vida no es tuya. Perteneces a tu pueblo, igual que yo, y a él nos debemos. Gozamos de privilegios inalcanzables para el resto de la gente, y tenemos la obligación de responder sirviendo a sus intereses. Sé de sobra que cuando quieres ocultarte de Kaone, puedes hacerlo. Lo que me hace sospechar que has hecho algo que quizá no deberías haber hecho, es que Kaone pudiera percibir que algo raro pasaba".
Naora vaciló.
"Un hombre", dijo Atori.
Ella asintió.
"¿Qué... qué me ocurrió? Tuve mucho miedo".
"Eres la más poderosa de las hechiceras del elemento tierra, el dador de vida. Cada vez que sanas a alguien y realizas el ritual, la tierra, agradecida, te devuelve más poder del que has perdido. Pero no es la única forma de recibir su energía."
"¿El sexo?"
"La única forma, en realidad, de crear vida."
"¿Y por qué nunca me lo había dicho nadie?"
"A mí no me lo preguntes. Yo no estaba a cargo de tu instrucción."
"Nunca antes había sentido tanto poder, Atori. No sé si seré capaz de controlarlo algún día."
"Claro que sí. El poder procede de la misma fuente que el ritual de sanación. No dejes que el miedo te controle; solo tienes que concentrar la energía y acumularla dentro de ti, como haces con las danzas sagradas. El flujo es más fuerte, por lo que tendrás que esforzarte más, pero la técnica para dominarlo es la misma. La próxima vez, intenta canalizar la energía en lugar de luchar contra ella. Pero tendrás que asegurarte de que sea con el hombre adecuado. Ya sabes a lo que me refiero."
Naora tragó saliva.
"Hay algo más que debes saber. La energía elemental se acumula dentro de ti, y permanecerá latente siempre que no la necesites. Si alguna vez te encuentras en peligro, podrás liberarla para que te proteja, pero procura mantenerte fría y no dejarte llevar por el corazón. De lo contrario, ese mismo poder que portas se volverá contra ti, y podría destruirte."
"¿Liberarla? ¿Cómo?"
Atori abrió la boca para responder, pero su contorno comenzó a difuminarse, hasta que su cuerpo se descompuso en miles de mariposas blancas, que salieron revoloteando en todas direcciones. El cielo se volvió negro, y el puente de alabastro empezó a deshacerse como si estuviera hecho de arena.

Naora se despertó con la caricia del sol en las mejillas. Extendió el brazo bajo la manta de piel para sentir el contacto de Vadyn, pero la cama estaba fría. Abrió los ojos con pereza, y descubrió que estaba sola. Al otro lado de la puerta se oían voces sofocadas, como si alguien estuviera discutiendo entre dientes. Se levantó sin hacer ruido y se vistió; la túnica de seda estaba tan arrugada como si la hubiera pisoteado una manada de caballos. Las voces subieron de tono: parecía que el general Ulter estaba muy disgustado con Vadyn.
—...entonces, envíala de vuelta con su padre. Y prepárate para lo peor —oyó decir a Ulter.
—¿Te crees que no lo sé? Trato de buscar una solución que nos interese a todos.
—¡Que nos interese a todos! —bufó Ulter—. Querrás más bien decir que te interese a ti. La única forma de contentarnos a todos es que cumplas con tu deber y que celebres la boda con Thalore. Y bien que lo sabes, además.
Vadyn gruñó algo que ella no pudo entender.
—¿Qué demonios quieres entonces, jefe? ¿La guerra? ¿El asesino Vadyn tiene sed de sangre? ¿Otra vez?
Naora abrió la puerta a tiempo de ver cómo Vadyn estampaba a Ulter contra la pared de un fuerte empujón.
—No vuelvas a llamarme así —siseó—. Al diablo con las consecuencias. No pienso renunciar.
Naora aprovechó el forcejeo para escabullirse a su habitación. Los postigos de la ventana estaban abiertos, y la luz inundaba la estancia. Afuera, la nieve comenzaba a fundirse lentamente; pronto los pasos se abrirían de nuevo y podría tratar de llegar a Allacian... sola. Le preocupaba la ausencia de noticias sobre Keinn y Kaone, pero sobre todo, le angustiaba la idea de dejar las tierras de Kaard. Le angustiaba la idea de alejarse a Vadyn. Y sin embargo... ¿qué derecho tenía ella a interponerse en los planes de nadie? ¿En las esperanzas de paz entre el clan Kaard y el clan Ascin? Eso, sin contar con que el destino de su propio pueblo pasaba por que pudiera llegar a Allacian y cumplir con lo que le había sido encomendado. Solo de pensarlo, se sintió enferma. ¿Podría volver a mirar a un hombre como miraba a Vadyn? Al responderse a sí misma sintió un nudo en la garganta que le impedía respirar.
Se acodó junto a la ventana abierta y clavó la vista en algún punto lejano que solo ella acertaba a ver, hasta que las sombras de los árboles cambiaron de dirección.
Entonces alguien llamó a su puerta.
—Soy Vadyn.
El jefe entró con expresión sombría. Al verle, se le encogió el corazón. No podía traer buenas noticias, y de todos modos, había llegado el momento de decirle la verdad. No podía demorarlo más, o acabaría con ella.
—Supongo que vienes a despedirte —dijo Naora con un hilo de voz.
Vadyn frunció el ceño, pero no dijo nada. Se pasó la mano por el pelo y comenzó a dar largas zancadas a lo largo de la habitación. Naora se fijó en las minúsculas gotitas de sudor que perlaban su frente. Por fin se detuvo, con todo el aspecto de estar pasando un mal trago, y de repente, hincó una rodilla en el suelo y le cogió la mano. Naora dio un respingo, y su estómago se encogió de miedo.
—Mi señora Naora —empezó, aclarándose la garganta—. Me ha costado mucho tomar esta decisión. Ya sabes que lo mío no son las palabras. Pero tengo que decirte algo que cambiará mi vida, y espero que también la tuya... Espera... —se rascó la cabeza—. No era así como quería empezar. Bueno, no importa. Lo que tengo que decir es que ya no soy el hombre que era cuando me conociste. Sé que me comporté mal desde el principio, y no supe ver... —resopló—. ¡Condenación! Esto es más difícil de lo que pensaba. Lo mejor será que sea directo. Mi señora Naora, soy un hombre distinto gracias a ti, y quiero que estés siempre a mi lado. Sé que no soy todo lo que mereces, pero me esforzaré cada día en hacer que os sintáis como una auténtica princesa a mi lado. Y yo... ejem... todo lo que haga a partir de este momento, no lo haré pensando en mí, sino en nosotros. En tu felicidad. Mi señora Naora... ¿me concederías el tremendo honor de convertirte en mi esposa?
¿Se podía ser la mujer más feliz del mundo, y al mismo tiempo, la más desgraciada? Naora sintió como las lágrimas le arrasaban los ojos y se le agarrotaban las entrañas. Abrió la boca para hablar, pero el nudo que tenía en la garganta se lo impidió. Vadyn encajó la mandíbula, y se puso de pie con lentitud.
—¿Y bien? —inquirió, nervioso—. Si necesitas tiempo, entonces...
Naora se acercó a él y le abrazó con fuerza, sin poder contener el llanto por más tiempo. Se aferró a su espalda como si le fuera la vida en ello, clavándole las uñas, mientras hipaba y sollozaba sin poder parar. Vadyn cerró los ojos, comprendiendo que algo iba muy mal. ¿Había vuelto a ofenderla sin querer? ¿O se trataba de algo peor?
Naora tardó un buen rato en serenarse. Reculó un par de pasos, sin soltarle, y tragó saliva varias veces antes de poder hablar.
—Mi señor Vadyn —empezó a decir con voz tétrica. Vadyn intuyó lo que vendría a continuación, y sintió que el corazón se le congelaba en el pecho—. Ojalá pudierais llegar a saber algún día lo que han significado estas palabras para mí. Nunca antes había conocido una felicidad tan inmensa, y un dolor tan desgarrador. Si solo fuera una mujer corriente, os diría que sí sin pensarlo dos veces. Por desgracia, hay algo que no os había contado antes, y que impide que pueda aceptar vuestra petición.
Vadyn se zafó de malos modos, con la mirada en tinieblas.
—¿De qué demonios estás hablando? —siseó en tono gélido.
—Habláis de hacerme sentir como una princesa... cuando en realidad ya lo soy, pues soy hermana de Atori, monarca de las provincias orientales. No está en mi mano, ni en mi corazón, elegir con quien quiero pasar el resto de mi vida. Nunca me habéis preguntado el objetivo de mi viaje al gran reino de Allacian. Pues, bien, yo os lo contaré: mi pueblo está en guerra. Los Jinetes Esteparios asolan la frontera, y sabemos que es cuestión de tiempo que lleguen a la capital. Pedimos ayuda a los reinos vecinos, pero nadie respondió... nadie excepto Allacian. Nos enviarán tropas por mar y por tierra, a cambio de una sola cosa.
—Tú —la voz de Vadyn cortaba como la hoja más afilada.
—Yo —confirmó ella en un susurro.
—¿Pretendes que me crea que un pueblo lleno de magos y brujas no puede hacer frente a una panda de salvajes a caballo? —preguntó, burlón.
—Apenas quedan magos entre nosotros. Solo aquellos de sangre pura pueden utilizar la magia. Pero representan un número ínfimo de la población. La mayoría de los habitantes vinieron de otras regiones hace tiempo, y aunque muchas veces se exige una demostración de la pureza del linaje antes de celebrar una boda, las parejas que están enamoradas las falsifican. No digo que me gusten todas nuestras tradiciones, pero es lo que hay.
—No me digas. Tus hijos no tendrán poderes, entonces.
Naora levantó el mentón con resentimiento, pero le dolió que él pudiera siquiera pensar en los hijos que tendría con otro hombre.
—Me sacrificaré por mi pueblo.
—Ya... Qué digna princesita —dijo Vadyn, enseñando los dientes.
—Atori y yo dimos nuestra palabra. Es una cuestión de honor —gimió Naora. Tenía el corazón destrozado, y lo último que deseaba era justificarse.
—¿De honor? —gritó él—. ¿De honor, dices? ¿Y qué hay de mi honor? ¡Acabo de mandar a Thalore de vuelta con su padre! ¿Sabes lo que significa eso? ¡Ni honor, ni paz para mi pueblo! ¡También yo di mi palabra de que me casaría con ella para evitar más sangre!
—Entonces no habéis hecho lo correcto —murmuró Naora, entre lágrimas.
—¿Yo no hice lo correcto? ¿Y tú, sí?
Vadyn la miró de arriba abajo con desprecio.
—Podéis partir cuando queráis. Ya no sois bienvenida aquí.

Salió dando un portazo y cruzó el corredor como loco, bajó la escalinata y corrió hasta los establos. Montó de un salto en el primer caballo que vio, agarró otro por las riendas y se marchó al galope, sin mirar atrás, sin dedicar un solo pensamiento a las palabras de Naora, sin querer pensar en nada que no fuera el odio que le carcomía. Se sentía humillado, y engañado.
Pero sobre todo, se sentía dolido, porque la única mujer a la que había entregado su corazón acababa de devolvérselo en pedazos.

Al caer la noche Vadyn llegó hasta los muros del castillo Ascin. Era una construcción más sencilla que su propio castillo, con unas murallas bajas y mal conservadas que no soportarían muchas horas de asedio. Un guardia mofletudo le dio el alto desde el portón.
—Soy el jefe Vadyn —gruñó.
El guardia se cuadró con torpeza y le saludó muy tieso, dejándole pasar.
—Voy a avisar al jefe —dijo, y salió disparado.
En el carro, y con toda la caravana que la acompañaba, Thalore tardaría aún un par de jornadas más en regresar. Sin embargo, prefería darse prisa en ver a Ascin. Había demasiadas cosas en juego, y no estaba dispuesto a permitirse ni un solo error más.
El viejo Ascin bajó a recibirle con el rostro ceniciento. Parecía muy desmejorado desde la última vez que lo vio. Profundas ojeras enmarcaban sus cansados ojos, y caminaba ligeramente encorvado. Le dedicó una sonrisa temblorosa, y le pidió que le acompañara al salón de audiencias.
La mirada de Vadyn vagó con disimulo alrededor de la estancia: hacía bastante frío, el suelo estaba sucio de trozos de huesos que los perros no habían terminado de roer, y reinaba un silencio opresivo en el ambiente que le dio mala espina.
—¿Cómo estáis, Ascin? —preguntó con aprensión, nada más sentarse en un butacón de cuero.
—Pues mal, como podéis observar, pero contento de que Thalore se marchara a tiempo. Contento, eso es.
—¿A tiempo? ¿A tiempo de qué?
—Hemos tenido una epidemia de fiebres en la zona. Ya ha remitido, pero los que hemos sobrevivido aún sufrimos las secuelas.
Vadyn miró la copa de vino que le acababa de servir una esclava, sin atreverse a beber.
—Nuestro clan ha quedado diezmado. Mi único consuelo es que, tras vuestra boda con Thalore, quedaremos bajo vuestra protección. Eso será lo único que mantendrá a nuestros enemigos lejos de nuestras fronteras. Solo eso, sí, señor. Si no fuera porque el casamiento es inminente, ya se nos habrían echado encima, como perros hambrientos.
Vadyn dejó el vino de malos modos sobre la mesa. La copa se tambaleó durante unos segundos hasta que por fin cayó al suelo con gran estrépito; una mancha rojiza cubrió las piedras del suelo.
"Como una mancha de sangre. Menudo presagio".
—No os preocupéis, Mayss lo limpiará —dijo Ascin, haciendo un gesto a la mujer—. Decidme, ¿qué es lo que os ha traído hasta aquí? Debe de ser muy importante para que os hayáis adelantado a mi hija, claro que sí.
Vadyn resopló. Nunca le había gustado golpear a los débiles. Pero en este caso no le quedaba más remedio.
—Voy a ser franco, Ascin. He venido aquí sin el conocimiento de Thalore, para informaros de que la boda no se celebrará.
Ascin se llevó la mano al pecho, y su rostro se contrajo en un rictus de dolor. Vadyn se levantó de un salto para ayudarle, pero él se hizo a un lado, evitándole.
—Estoy bien, estoy bien. ¿No se celebrará la boda, habéis dicho? ¿Ha sido... por algo que ha hecho ella?
—Vuestra hija se ha comportado de forma admirable, Ascin —mintió—. La razón no os la puedo confiar, pero es imposible que me case con ella.
—¿Otra mujer, tal vez?
Vadyn apretó los dientes al tiempo que desviaba la mirada. Le molestaba que un viejo acabado como Ascin hubiera leído en su interior con tanta facilidad.
—Otra mujer, eso es. Bueno, supongo que ese sería el único motivo que podría aceptar, Vadyn de Kaard. Aunque para mi clan, me temo, eso dará igual. En cuanto se corra el rumor, los lobos nos harán trizas.
La resignación que traslucía la voz de Ascin le resultó más dura de soportar que si hubiera montado en cólera y hubiera amenazado con la guerra.
"Soy un bastardo egoísta", pensó. "Naora tenía razón: no se puede dar la espalda al deber. Solo sé provocar dolor."
—¿Puedo pasar aquí la noche, Ascin? Tal vez se me ocurra alguna solución.
—Oh, por supuesto, muchacho. Contáis con mi hospitalidad, desde luego. Hay que ser realistas, ¿no es así? No tenéis la culpa de que mi clan se desmorone. Mayss os mostrará vuestras habitaciones.
Vadyn no consiguió pegar ojo aquella noche. Con el paso de las horas, la furia que le había invadido cuando Naora le rechazó se había ido transformando en tristeza, y empezaba a sopesar la situación desde otra perspectiva. En realidad, ella había sido más valiente que él. Lo fácil había sido mandar a Thalore de vuelta, a pesar de que le había costado lo suyo aguantar todo su repertorio de lágrimas, amenazas, más lágrimas y juramentos. Solo tenía que pensar en lo que era mejor para él. Al demonio con el honor, la lealtad, el deber para con su clan. Ulter había intentado advertirle, pero él se había limitado en obedecer sus impulsos, creyendo que toda una vida junto a Naora podía compensar todo lo demás.
Aunque, pensándolo bien, eso probablemente sí era cierto.
Y sin embargo, no podía culparla por haber hecho lo correcto...
¿Por qué no le habría contado la verdad desde el principio? Vadyn se dio un manotazo en la frente. ¿Acaso se había mostrado interesado él? ¿Había demostrado en algún momento interés por algo que no fuera su propia satisfacción en cada momento? ¿Cómo podía ser tan idiota? Si hubiera escuchado a Ulter...
¡Ulter!
Se incorporó de golpe en la cama. Su primo podía ser la solución...al menos, de una parte de sus problemas. Si Ascin lo aceptaba como marido de Thalore, su clan seguiría contando con su protección, y algún día, a la muerte de su suegro, Ulter se convertiría en jefe. No había otro hombre que lo mereciera más. A cambio solo tendría que soportar a Thalore el resto de su vida, pensó Vadyn, indeciso.
Meneó la cabeza. A Ulter no le importaría. Thalore era su tipo de mujer.
Si Ascin aceptaba, aquella carga desaparecería de su conciencia. Solo quedaría la carga en su corazón. Sin embargo, o mucho se equivocaba, o aquella sería mucho más penosa, y mucho más duradera.

A la mañana siguiente, Ascin escuchó la propuesta de Vadyn con el semblante impasible. Le dolía mercadear con su hija, pero ¿acaso quedaba alguna otra opción? Ni siquiera se molestó en contestarse a sí mismo.
El deber, siempre el deber.
—Eso será lo que haremos, entonces. Mandaréis venir a vuestro general cuanto antes, no sea que se nos enamore también —Vadyn abrió mucho los ojos, avergonzado. Ascin disfrutó unos segundos de su inocente venganza—. Eso haremos, sí señor. Al fin y al cabo, hay que ser realistas. Y no creo que a Thalore le importe mucho. Conoce a vuestro primo tanto como os conocía a vos. No está en la mano de las mujeres elegir su propio destino, por lo que parece. Mala suerte —Ascin desenfocó la mirada, y sus ojos parecieron perderse en algún recuerdo brumoso—. Mi esposa y yo nos casamos por amor, ¿sabéis? Treinta y dos años vivimos juntos, amándonos cada día; lo último que veían mis ojos antes de dormirme, y lo primero que contemplaban cada mañana al despertar. Tuvimos suerte, nosotros. Cada día que pasa la añoro más. Tendría que ser al revés, ¿verdad? Pero, no. Cada día, más. Así es la vida.
Ascin no pudo reprimir un desolado suspiro, y siguió con la vista fija en sus recuerdos.

Cuando por fin Vadyn se despidió de él, notó una especie de vacío en su interior y una sensación de infortunio que no logró sacudirse de encima. Presentía que algo terrible estaba a punto de ocurrir. Escupió al suelo antes de montar. ¿Treinta y dos años al lado de la misma mujer, día y noche? ¿Añorarla cada vez más? ¿Acaso se estaba volviendo más idiota que de costumbre?
—¿Cómo he podido dejarla ir sin más? —se dijo, apretando los dientes.
Vadyn de Kaard, Asesino Vadyn como le solían llamar sus enemigos, nunca se rendía ante nadie. ¿Iba a rendirse ahora ante sí mismo?
—Jamás —gruñó, picando espuelas.

IX
Vadyn llegó al castillo de madrugada, exhausto. Pensó en ir a ver a Naora en ese mismo instante, pero estaba tan agotado que no confiaba en poder plantar una batalla digna, así que se acostó y durmió hasta que el sol señaló desde lo más alto el mediodía. Se vistió con prisas y salió en tromba de la habitación, chocando con Ulter que cruzaba en ese momento por el pasillo.
—¡Vadyn! —exclamó asombrado el general—. ¿Dónde diablos te habías metido?
—Trazando brillantes planes para tu futuro, Ulter —sonrió, dándole un empentón cariñoso, y procediendo a contarle lo que había estado tramando con Ascin.
Ulter le escuchó en silencio, y pareció de verdad abrumado cuando Vadyn le habló de la peligrosa situación del clan Ascin. Meditó unos segundos mirando al suelo, y por fin levantó el mentón para contestar,
—No es que haya muchas alternativas.
—Thalore es muy hermosa —tanteó Vadyn.
—Lo es, sí. Un poco escandalosa tal vez, pero supongo que nadie es perfecto. Si ella me acepta...
—Aceptará, te lo aseguro. Cuando quieras puedes iniciar los preparativos. Yo seré el padrino, por supuesto.
—Por supuesto, primo —Ulter le miró con los ojos entrecerrados—. Pareces muy contento. ¿Puedo saber por qué?
—Todavía no. Tengo que hablar con Naora.
El semblante de Ulter se apagó de golpe.
—¿Ocurre algo?
—Naora partió poco después de que tú desaparecieras, rumbo a Allacian. Se llevó prestados a varios de tus hombres como escolta, por los que pagó un buen puñado de oro.
Vadyn enmudeció. En ese momento, un sirviente subía a la carrera los escalones que conducían hasta ellos.
—¡General! —voceó. Al ver al jefe, se cuadró y cambió de destinatario—. ¡Jefe! ¡Acaba de llegar un heraldo procedente de las provincias orientales! ¡Es urgente!
Vadyn dio un respingo, con el pulso latiendo desbocado.
—¿Ha dicho de qué se trata? —preguntó sin molestarse a escuchar la respuesta.

Un joven esbelto de larga melena oscura y ojos rasgados, vestido con ropas de cuero similares a las que solía llevar Naora, esperaba recto como un palo junto al portón de entrada. Hizo una respetuosa reverencia al ver a Vadyn.
—Disculpad mi atrevimiento —comenzó a decir en un tono más bien irónico—, pero es a mi señora Naora a quien debo transmitir mi mensaje.
—Tu señora Naora partió hacia su destino hace un par de días —siseó Vadyn—. Puedes transmitirme el mensaje a mí, y si considero que es lo bastante valioso, enviaré a uno de mis hombres a buscarla.
El heraldo perdió el color del rostro.
—¡Por toda la magia! Hay que im...impedir que llegue a Allacian —tartamudeó, presa del miedo.
Vadyn sintió que las piernas le flojeaban.
—¡Habla de una condenada vez! —bramó—. ¿Qué es lo que pasa?
—Hemos descubierto que es Allacian quien sufraga los saqueos de los Jinetes Esteparios, señor. Les han inundado de oro para que siembren el terror y nuestro pueblo acuda a ellos en busca de ayuda. Tienen la intención de anexionarse nuestra tierra, por las buenas o por las malas.
El rostro de Vadyn abandonó todo color, y la ira nubló sus oscuros ojos.
—Por las buenas, engañando a Naora. Por las malas... —miró al general con expresión torva—, por las malas es como me gusta a mí. Ya va siendo hora de dejar de hablar. Ulter, coge a tus hombres y pon rumbo de inmediato al clan Ascin. Pronuncia los votos que tengas que pronunciar y recluta a todos los guerreros que puedas. Vas a salir a cazar Jinetes Esteparios. Corta unas cuantas cabezas, clávalas en estacas, y repártelas por donde todos puedan verlas. Si quieres, manda algunas de recuerdo a Ascin para que decore sus murallas.
—¿Como regalo de bodas? Bien. Y tú, mientras, de paseo a Allacian, ¿no es eso? —sonrió Ulter.
—Eso mismo. El que más cabezas reúna se quedará con el cuerno.
—¿Cabezas? ¿Cuerno? —preguntó el heraldo, que cambiaba la mirada de uno a otro con cara de espanto.
—El cuerno del que bebemos la sangre del jefe enemigo, muchacho —tronó Vadyn con una risotada—. No pongas esa cara. A lo mejor dentro de poco imponemos esa tradición en tu reino.

Desde que habían abandonado el castillo, Naora se había dedicado a observar los charcos del camino y las nubes del cielo. Los pasos de montaña que conducían a Allacian estaban bastante despejados a pesar de la estación, y en un par de días, según le había dicho uno de los hombres de Vadyn, se plantarían ante sus murallas. Arrebujada en su gruesa capa negra de viaje para que no la vieran llorar, Naora intentaba con desesperación encontrar motivos racionales para aceptar su futuro como la única de las opciones: el porvenir de su pueblo, la confianza que Atori había depositado en ella, el sentido del deber... Cualquiera de estas razones, tiempo atrás, le habría bastado para atajar sus obligaciones sin rechistar. Sin embargo, la Naora que cabalgaba en esos momentos hacia su destino, no era la misma de antes. Comprendió, con una súbita punzada de dolor, que su vida nunca le había pertenecido en realidad. Siempre había cumplido con lo que se esperaba de ella, sin que a nadie pareciera importarle que también pudiera albergar deseos, esperanzas y sueños. Hubo una vez, recordó, que aquello le parecía injusto. ¿Cuándo había decidido dejar de luchar? ¿Cuándo aceptó convertirse en la marioneta de los demás?
De repente sintió rabia contra todo el mundo. Contra todos, excepto contra Vadyn: él era el único que la había animado a vivir conforme sus propias reglas. Estaba convencida de que al principio solo lo hacía con intención de burlarse de ella; sin embargo, Vadyn había supuesto la diferencia entre la Naora muerta, desprovista de emociones, y la actual Naora, consciente de lo que podía llegar a ser, a desear... de cuánto podía llegar a amar. Se mordió el labio inferior. ¿Y acaso los resultados no habían sido catastróficos? Si Vadyn no le hubiera abierto los ojos, ella no estaría sufriendo por lo que se había visto obligada a dejar atrás. Sollozó. La garganta le quemaba y le escocían los ojos de tanto como había llorado.
"Y no obstante, me alegro de que lo hiciera. Antes, no tenía nada de valor que atesorar en mi corazón. Mientras que ahora... ahora le tengo a él".
Una fina lluvia comenzó a salpicar con timidez la tierra helada, formando diminutos agujeros en los montoncitos de nieve que aún se acumulaban a ambos lados del camino.
—Poco a poco, terminarán por fundirlos —comentó de pasada un joven guerrero que trotaba junto a ella. Se volvió a mirarla con una gran sonrisa pintada en la cara—. Es que no me gusta nada el invierno, ¿sabéis? Prefiero tostarme al sol y sentirme vivo a languidecer muerto de frío durante semanas.
Naora le devolvió un esbozo de sonrisa. Vaya por dónde, aquel bárbaro era un filósofo. Nunca llegaría a imaginar siquiera lo acertado que había sido su comentario. Acertado e inútil, por otro lado. Meneó la cabeza, alejando los malos presagios, y trató de establecer de nuevo contacto con Kaone.
"Kaone...Kaone. ¿Por qué no contestas? Sé que estás vivo. Háblame, por favor".
Apenas sí había conseguido enterarse de que habían regresado a casa sanos y salvos, y desde entonces, ninguna noticia. Quería creer que ser debía a la distancia: nunca habían estado tan alejados el uno de la otra. Aunque en el fondo no se sentía tan optimista. Tenía el presentimiento de que algo grave estaba ocurriendo en su tierra.
"Aguantad. Ya estoy llegando".

Nada más pisar Allacian, un comité de embajadores ricamente ataviados recibió a Naora y la condujo a uno de los numerosos palacetes que el príncipe Jaluz, su futuro esposo, mantenía en las afueras de la capital. No le habían permitido recibir visitas.
—Debéis descansar —le habían dicho, con sonrisas que no asomaban a sus ojos vacíos de emoción.
Apoyó la frente en el panel de cristal esmerilado que dominaba una de las paredes de su habitación. Desde allí, las calles de la ciudad parecían hormigueros frenéticos. De vez en cuando, algún punto diminuto alzaba la cabeza hacia el torreón del palacete, esperando encontrarse con la silueta difusa de la recién llegada. La falta de noticias sobre la prometida real parecía difícil de sobrellevar.
Naora dejó escapar un suspiro amargo y cerró los ojos, concentrándose en recrear el apuesto rostro del jefe Vadyn en su mente. Estaba convencida de que a esas alturas la boda con Thalore ya se habría celebrado. Se mordió la cara interior de la mejilla para mantener a raya las lágrimas. A punto había estado de quebrar su juramento y permanecer en el castillo de Kaard. Vadyn le había parecido tan sincero...
Y sin embargo, en cuanto ella le rechazó le faltó tiempo para salir detrás de Thalore.
"Solo fui un exótico capricho", se dijo con pesar. "Un estúpido capricho que tardó bien poco en quitarse de la cabeza".
Volvió a suspirar y decidió centrar sus esfuerzos en cosas más provechosas que su corazón roto. Intentó comunicarse con Kaone por enésima vez desde que abandonó la fortaleza Kaard, pero de nuevo el silencio fue lo único que le contestó. Un silencio opresivo, sobrecogedor.
Se apretó las manos, nerviosa. El presentimiento de que algo terrible había ocurrido la empujaba contra el suelo como una losa imposible de sacudirse. Las horas muertas sentada frente a la ventana no la ayudaban a serenarse. No tenía absolutamente nada que hacer, salvo contar los minutos.
Los minutos que faltaban para convertirse en reina de Allacian.
Los minutos que habían pasado desde que cometió el peor error de su vida.
Naora había sido educada para cumplir con su deber. El honor era el principio que regía su existencia, desde hacía tanto tiempo que no recordaba cuánto. Entonces, ¿por qué se sentía tan mal? ¿Por qué no dejaba de repetirse que se había equivocado? ¿Por qué el dolor, en lugar de disiparse, engordaba con cada segundo que pasaba allí recluida, sin nada más que contemplar que sus recuerdos con Vadyn?

El sonido de los cuernos anunció la aparición de la princesa Naora. Las calles habían sido cubiertas por alfombras de flores; desde las ventanas, las muchachas lanzaban pétalos y trocitos de bizcocho a los pies del carruaje de la novia, deseándole prosperidad. Toda la avenida que ascendía hasta los pies del majestuoso palacio estaba repleta de gente que se había congregado para contemplar con sus propios ojos a la primera hechicera que pisaba Allacian. Por todas partes surgían murmullos de admiración: la futura reina era una mujer bellísima.
Naora saludaba a la multitud muy estirada, sonriendo apenas, haciendo entrechocar los brazaletes de bronce de sus muñecas. La vaporosa túnica de seda dorada que vestía revoloteaba empujada por una suave brisa. Su melena caía en cascada hasta sus caderas, con cientos de gemas de todos los colores brillando engarzadas en los frondosos rizos; el arito de oro que lucía en la nariz se unía por medio de una finísima cadena, también de oro, al pendiente de su oreja izquierda. Sus pies, descalzos, se adornaban con pequeños anillos, uno en cada dedo.
Hizo un intento por corresponder a la cálida bienvenida que le profesaba su nuevo pueblo, sin conseguirlo. Su frialdad exterior solo era superada por la frialdad que anidaba en su corazón.
—¡Allí está el príncipe Jaluz! —gritó alguien.
Los vítores se volvieron salvajes. La multitud jaleaba al futuro rey como si en realidad se tratara de una deidad viva. Naora se preguntó cuánto habría de verdad en ello. Ella misma miró con cierta curiosidad a su futuro marido. El príncipe respondía al clamor de su gente arrojando besos con un radiante sonrisa. Vestido con atuendo militar de gala, Jaluz era un tipo alto y bien plantado, rubio, de ojos claros y rostro dulce, luciendo un fino bigotillo que allí debía de ser la última moda. A Naora no le pareció nada atractivo. Comparado con Vadyn, pensó con tristeza, parecía un niñato.
El príncipe se acercó hasta Naora sin dejar de sonreír. Al llegar junto al carruaje, tendió la mano a su princesa para ayudarla a bajar y le guiñó el ojo.
—Hacemos una hermosa pareja, ¿no os parece? Paseemos juntos hasta los jardines donde se producirá el feliz acontecimiento.
Naora le dedicó una mueca desdeñosa, pero Jaluz no perdió el buen humor. Caminaron juntos los últimos metros que les separaban del estrado en el que profesarían sus votos, situado bajo una magnífica pérgola decorada con flores blancas. En el centro habían colocado un sencillo banco de piedra sobre el que reposaban dos dagas de bronce. Una vez aceptaran la unión, cada uno haría entrega al otro de uno de los cuchillos, que simbolizaban la entrega y el sacrificio.
—Nuestro sacerdote será quien oficie el acto, adorada mía.
Naora inspiró hondo. Apenas una docena de pasos la separaban de su nuevo destino como reina del pueblo más poderoso del continente, pero le parecieron los pasos más difíciles que habría de dar en su vida. Cerró los ojos y avanzó la mitad del camino. La multitud guardaba silencio, expectante. Notó una ligera molestia en las sienes, pero no le dio mayor importancia. Recorrió los pocos metros que faltaban, y se sentó en el frío banco de piedra. Una sacudida en la espalda la obligó a llevarse una mano a los riñones. Comenzó a marearse un poco.
—¿Os encontráis bien? —preguntó con amabilidad el sacerdote.
—Los nervios, sin duda. Proceded, os lo ruego —pidió Jaluz.
Naora sintió que se le nublaba la vista, y escuchó la voz de Kaone que llegaba con dificultad, como si alguien gritara a través de un largo pasillo mientras otros cerraban una puerta para intentar acallarlo.
"¡No! ¡No!"
"¿Kaone? ¿Qué es lo que pasa?"
La voz se perdió.
—...noble tarea de guiar a nuestro pueblo con sabiduría... —decía el sacerdote.
"No lo hagas, Naora. Es una..."
Naora se concentró, tratando de encontrar en su mente el rastro de Kaone. Jaluz carraspeó para atraer su atención.
—...momento de intercambiar los sagrados símbolos de nuestro reino.
Jaluz tomó la daga y la ofreció con ambas manos a Naora.
—Aceptad esta daga como símbolo de mi devoción, princesa Naora.
La multitud comenzó a agitarse nerviosa. Se oían voces desde más allá del palacio, y algún grito esporádico que cada vez se repetía con más frecuencia. Naora tomó la daga sin prestarle atención, tratando de atisbar algo en la lejanía.
—Esta daga representará todos mis esfuerzos por complacerte, por... Pero, ¿qué demonios ocurre allí? —chilló de pronto Jaluz, enrojeciendo.
La gente empezó a correr en desbandada, arramblando con los adornos nupciales, chocando unos con otros.
—¡Los bárbaros, mi señor! —gritó a voz en cuello un guardia que avanzaba a trompicones hacia él—. ¡Nos atacan!
Un nutrido grupo de hombres a caballo irrumpió en los jardines, grandes como torres y con las caras y los cuerpos pintarrajeados como salvajes. Al frente de ellos, Vadyn cabalgaba con los ojos inyectados en sangre, portando una espada descomunal con la que repartía tajos a diestro y siniestro, sin desviar el rumbo. Al ver a Jaluz se detuvo, señalándole con la punta de la espada.
—Devuélvemela, bastardo, o la sangre de tu pueblo inundará las calles de esta maldita ciudad.
Jaluz abrió la boca, tratando de responder algo para ganar tiempo.
—¿Qué significa esto? ¿Una declaración de guerra al estilo bárbaro? ¡No me interesa! Abandonad mis tierras antes de que... de que...
—¿Antes de qué? —siseó Vadyn, desmontando y avanzando con lentitud hacia él.
Jaluz se revolvió como una centella, arrebatándole a Naora la daga ceremonial. Con una rapidez que a él mismo le sorprendió, se colocó detrás de ella y apretó la hoja contra su cuello. Vadyn abrió mucho los ojos.
—¡Maldito cobarde! —rugió—. ¡Ven a mí y lucha como un hombre!
—Soy un hombre, pero no un estúpido. Tú y la manada de locos que te acompañan estáis en desventaja. Marchaos antes de que mis hombres os despedacen, y dejad que termine mi boda.
Vadyn echó un vistazo rápido a las azoteas: numerosos arqueros esperaban la señal para descargar una primera andanada. Apretó los dientes. No le importaba seguir la lucha, con o sin arqueros, pero por nada del mundo permitiría que aquel gallina le hiciera daño a Naora.
—Habrá que negociar —dijo.
—Vadyn, vete, por favor —suplicó Naora.
—No temas —replicó Vadyn extendiendo una mano hacia ella—. No se atreverá a hacerte daño.
—No temo por mí, sino por ti...
Vadyn se irguió como si hubiera recibido un latigazo. Entrecerró los ojos, bullendo de rabia.
—¿Cómo que por mí? —bramó.
"Vaya, me había olvidado de su estúpido orgullo", pensó Naora.
"Naora". La voz de Kaone surgió de nuevo en su mente, esta vez con absoluta claridad. "Allacian nos ha traicionado. No te cases con el príncipe. Es una trampa".
Kaone no tenía tiempo de explicar todos los detalles, así que abrió un canal mental en el que le mostró todos los acontecimientos, y cómo habían descubierto la verdad sobre Allacian. Los ojos de Naora se volvieron totalmente blancos y ella contempló un desfile de imágenes inconexas: los espléndidos palacetes de su tierra en llamas; los puentes de alabastro destruidos; las aguas del río Circular, turbias con la sangre derramada. Gritos de dolor y miedo; la última línea de hechiceros, con Atori a la cabeza, haciendo frente a las incesantes hordas de Jinetes Esteparios. Un Jinete confesando entre torturas el papel que había jugado Allacian...
Naora sacudió la cabeza para alejar de sí las imágenes. Jaluz aflojó la presa y ella se zafó.
—Maldito traidor —susurró.
Jaluz la miró con expresión burlona, y comprendió que sus planes se desmoronaban. Hizo un gesto de derrota y gritó:
—¡Está bien! ¡Negociemos, negociemos, amigo bárbaro! Parece que a mi prometida se le han esfumado las ganas de desposarme. ¡Hagamos un trato beneficioso para todos! Yo os la devuelvo, y eso que ignoraba que fuera vuestra, y vos os largáis con todos vuestros animales... —Se dirigió a Naora y añadió, en voz baja—, poca falta me hacéis ya en realidad... A estas horas, mis salvajes de la estepa habrán socavado la poca resistencia que pudiera oponer vuestro patético hermano. Y, ¿quién sabe dónde podré el ojo la próxima vez? —Volvió a mirar a Vadyn, que no le quitaba la vista de encima—. ¿Qué me decís, amigo bárbaro? ¿Aceptáis?
—Acepto —respondió sin variar la expresión del rostro.
Jaluz empujó a Naora hacia delante. Esperó a que ella estuviera más cerca de Vadyn, y en ese momento hizo una señal hacia los arqueros que aguardaban órdenes. Naora vio por el rabillo del ojo como uno de ellos tensaba la cuerda, colocando la flecha con una lentitud exasperante, apuntando hacia ellos. Decenas de arcos repitieron el gesto y se asomaron por encima de las balaustradas de los tejados. Dispararon todos a la vez, con un zumbido sordo que barrió el aire.
—¡No! —gritó Vadyn abalanzándose sobre ella para protegerla con su cuerpo.
Naora extendió los brazos hacia delante; quiso gritar, pero no arrancó ningún sonido de su garganta. Un intenso sentimiento de furia, totalmente desconocido para ella, visceral y asesino, brotó desde sus entrañas. El mundo pareció detenerse: lo último que vio que fue una descarga de flechas oscureciendo el cielo de Allacian.
De pronto, el silencio, la negrura total. Sintió los potentes brazos de Vadyn estrechándola contra su cuerpo, como una caricia. No había nada más. ¿Estaría muerta?
Vislumbró una especie de bruma que parecía empañar el mundo a su alrededor; a través de ella, todo se movía de forma anormalmente lenta... En ese momento, oyó una explosión, como un potente trueno, y una tremenda descarga surgió de la punta de sus dedos como una ola, arrollando todo cuanto la rodeaba. Las flechas, frenadas en seco, cayeron al suelo como frutas maduras; los soldados de Vadyn, los arqueros de Jaluz, las pocas personas que aún pululaban por allí... Todos sin excepción salieron despedidos por los aires, golpeados por una fuerza que ni siquiera habían visto venir.
La descarga avanzó y avanzó, como una onda en el agua, reventando árboles, hundiendo los tejados de las casas, arrancando las piedras del suelo. Naora vació todas sus emociones, hasta que se sintió vacía de miedos y odio... Notaba el latir del pulso golpeando como un tambor en las sienes. Respiró, y su propia respiración le pareció extraña.
Solo entonces, la descarga pareció remitir.
Respirando de forma acelerada se agachó, inclinándose sobre Vadyn, que yacía cubierto por una densa capa de polvo y sangre.
—¡Vadyn! ¡Vadyn! Por favor, dime que estás bien —sollozó, aterrada.
Él abrió los ojos, aspirando con pesadez por la boca, y se frotó la nariz tratando de enfocar la mirada.
—¡Por todos los...! ¿Esto lo has hecho tú? —preguntó sacudiendo la cabeza y mirando a su alrededor con ojos desorbitados.
Todo era un amasijo de cuerpos, piedras y barro, gemidos y aullidos de dolor.
"¿Estás bien, Naora?"
"Kaone... no sé qué es lo que he hecho... yo... no he podido controlar mi energía..."
"Tranquila, ya lo estoy haciendo yo por ti. Intenta mantener el control de tus emociones. No creo que hayamos matado a nadie."
"¿Cómo estáis?"
"De momento, aguantamos. Dale las gracias a tu amigo. Nos envió numerosas tropas de refuerzo. Resistiremos, Naora, no te preocupes por nosotros. Por una vez, preocúpate por ti misma, y haz lo que tengas que hacer para ser feliz. De tu hermano me encargo yo."
Naora sonrió con tibieza. Vadyn seguía hablando y lanzando juramentos a diestro y siniestro.
—Veo que lo nuestro no funcionará nunca —estaba diciendo con pesar—. ¿No se supone que tengo que ser yo el que te salve a ti? No haces más que entrometerte siempre en mi camino.
Vadyn la miraba con el ceño fruncido, y ella no supo si hablaba en serio o no. Naora le abrazó con fuerza.
—Te prometo que a partir de ahora ya no te protegeré más.
Vadyn se calló, pero sus ojos transmitían una intensidad que le provocaron un escalofrío. Le rozó la barbilla con un dedo, atrayéndola hacia él por la cintura.
—¿A partir de ahora? ¿Quieres decir que hay un "a partir de ahora" para nosotros?
Naora tragó saliva mientras una lágrima solitaria recorría su mejilla.
—Si puedes perdonarme por lo que hice...
—¿Por anteponer tu honor, tu sentido del deber, la responsabilidad... y no sé cuántas cosas más al hecho de ser mi esposa? ¿Por ser el último en tu lista de prioridades?
—Si hubiera sido "mi" lista, Vadyn, solo habrías figurado tú en ella.
Vadyn le enjugó otra lágrima y la besó con ternura.
—¿Cómo podría echarte nada en cara? Intento recordar qué clase de hombre era antes de que empezaras a significar algo para mí, y no veo nada. Solo un tipo presumido, egoísta e incapaz de sacrificarse por nada o por nadie.
—Al menos, sería un tipo guapo —bromeó ella.
—Sí, eso sí. Increíblemente guapo. Pero increíblemente estúpido, también —se apartó un poco de ella, fingiendo preocupación—. ¿Crees que una cosa compensará a la otra?
—No creo —rio ella—. Pero ya intentaré hacer algo contigo... Si me dejas, claro.
—¿Tengo que pedirte de nuevo que seas mi esposa?
Antes de que Naora pudiera contestar, hincó una rodilla en el suelo, sosteniéndole las dos manos entre las suyas.
—No es que sea un marco de ensueño para una mujer —gruñó, mirando la destrucción sembrada a su alrededor—, pero, siendo sinceros, es de los que siempre me han gustado a mí. Por segunda vez, y espero que por última... ¿me concederás el honor, Naora, de convertirte en mi esposa?
Naora sonrió, mordisqueándose el labio.
—Por supuesto, Vadyn de Kaard. No hay nada que desearía más.

XI
Los últimos rayos del sol se colaban por la ventana, tiñendo de naranja el suelo alfombrado. Vadyn abrió la puerta de una patada con Naora en brazos, y la depositó con suavidad sobre la colcha de seda que cubría el futón. Habían celebrado la boda en la capital de las provincias orientales, poco después de que los Jinetes Esteparios dejaran de recibir oro de Allacian y decidieran volverse a sus desoladas tierras, más que satisfechos con el botín logrado. La reconstrucción era lenta, pero marchaba sin interrupciones, y el palacio real apenas sí había sufrido desperfectos. La habitación que Atori había mandado preparar para ellos era una pieza enorme, de suelo de alabastro y paredes de mármol rosa, con grandes ventanales que daban a un jardín privado. En el centro de la habitación había una fuente con una pequeña estatua que representaba a un pájaro.
Naora se quedó tumbada en el futón. Seguía llevando la vaporosa túnica de seda roja que había lucido en la ceremonia. Las gemas que salpicaban sus cabellos violetas refulgían bajo los rayos postreros del atardecer. Vadyn se despojó de las botas y del caftán arrojándolos al suelo, y luego se tumbó a su lado.
—Podría estar mirándote durante toda la vida —susurró.
Naora le dedicó una sonrisa pícara mientras se incorporaba.
—¿Solo mirando? ¿No se te ocurre nada mejor?
—¡Ja! Se me ocurre que este vestido es muy bonito, pero no me deja ver lo que hay debajo... que es algo más bonito aún.
Deslizó los dedos bajo la fíbula de oro que sujetaba la túnica, y dejó que la seda resbalara sobre los brazos desnudos, crujiendo al detenerse por unos segundos en los pechos. Vadyn estiró sus manos callosas para apartarla del todo, raspando su delicada piel. Naora cerró los ojos, y él la besó en el cuello.
—Aún recuerdo lo que ocurrió la última vez que...
—No te preocupes, creo que ya he aprendido a dominarlo. No te pasará nada, siempre que me prometas una cosa.
—Déjame que adivine... ¿Que te quiera, te adore y cuide de ti hasta el final de mis días? ¿Que permanezca siempre a tu lado, y cuando por desgracia no pueda ser así, que piense en ti a cada segundo? ¿Quieres que tu bello rostro sea lo último que vea cada noche, y lo primero cada mañana? ¿Quieres que te diga que eres toda mi vida y haría cualquier cosa por ti? ¿Incluso ir por ahí matando príncipes extranjeros? Ya sabes —ronroneó, lamiéndole el lóbulo de la oreja— que es así...
Naora echó la cabeza hacia atrás, arrastrándole para que continuara besándola por el cuello, y los pechos.
—Bueno... estaba pensando en un montón de niños, pero eso me parece una buena idea.
Vadyn se rio con su voz de trueno.
—Muy bien, entonces. Un montón de niños también.

El sol se puso con pereza y la tierra se volvió negra. El palacio se recortaba contra un cielo del color de las ciruelas maduras, y la noche fue envolviendo poco a poco el mundo. Y bajo un cielo iluminado por miles de estrellas, Naora y Vadyn se amaron con la dulzura y la pasión con la que solo se ama en las leyendas.

FIN

Comentarios (2)

  • yusely bravo

    yusely bravo

    23 Marzo 2016 a las 20:48 |
    me encanta genero y la tama es genial continua escribiendo y cuelgalos rapido por favor
  • Abril Giuzzio

    Abril Giuzzio

    04 Septiembre 2016 a las 05:32 |
    Me gusto muchisimo! sigue asi :)

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